martes, 5 de noviembre de 2013

El Museo Grévin, sinfonía de ecos y pensamientos

El Museo Grévin, sinfonía de ecos y pensamientos
Texto de Manuel Peñafiel
Fotografías de Manuel Peñafiel / Irma García Xochiquetzalli



Irma García Xochiquetzalli
El Principito y Manuel Peñafiel son entrañables amigos cósmicos 
nutridos ambos por la luminosidad proveniente del Universo.
Foto Irma García Xochiquetzalli
A finales del Siglo XIX, época en que la prensa escrita empleaba poco la fotografía, el periodista Arthur Meyer, fundador del diario Le Gaulois, anhelaba ilustrar en tres dimensiones a los personajes que protagonizaban los hechos del momento; incitado por su entusiasmo de reportero, acudió al escultor, diseñador y sastre Alfred Grévin, quien desbordó sus talentos en erigir representaciones en cera de la gente sobresaliente en su actividad profesional, contando además con la decoración estilo barroco patrocinada por el financiero Gabriel Thomas, el éxito fue rotundo desde la apertura del museo en 1882. Actualmente el deslumbrante talento de los sucesores de Grévin ha logrado reunir una colección de seis cientos de figuras ordenadas en escenas; esta institución ha recogido significativos episodios históricos, y momentos de la popularidad efímera de aquellos ligados a la diversión, y la política, así como los hechos culturales y científicos transcendentales, que van desde la historia de Francia hasta la contemporaneidad, su acervo total es de tres mil efigies.


Irma García Xochiquetzalli
Los filósofos Jean - Paul Sartré y Manuel Peñafiel coinciden 
en que el destino del ser humano depende de sí mismo.
Una de las celebridades con quien ahí me topé, fue Jean – Paul Sartre, él se encontraba revisando uno de sus libros en el Café Flora, sitio favorito para conversar de él,  y de su pareja la escritora Simone de Beauvoir. El filósofo con tenue ademán me invitó a sentarme a su lado, pidió al mesero una taza de café espresso, y después de un pausado sorbo y una prolongada fumada a su cigarrillo, comenzó a decirme: Puesto que dios no existe, no existe la naturaleza humana, el hombre no tiene esencia, es lo que él mismo se ha hecho. El hombre es responsable de si mismo y de todos los hombres, somos responsables de nosotros mismos porque lo que somos depende de lo que hemos querido ser, no de un destino divino, pero somos también responsables de los demás porque nuestras acciones comprometen a la humanidad entera. La libertad humana trae consigo los sentimientos de angustia, desamparo y desesperación. Angustia ante el hecho de que es uno mismo el responsable de sí mismo, desamparo porque la elección se hace en soledad. Eso que usted dice, lo deduje instintivamente durante el transcurso de mi existencia, le repuse a Sartre, y estoy de acuerdo con usted; comentándole que los seres humanos no aceptan su cobardía al negar su responsabilidad en cada acto de su vida, delegando el acontecer de los sucesos a inexistentes divinidades imaginadas por mitologías religiosas. A la mayoría de los seres humanos les aterra la soledad, por lo tanto, se consuelan pensando que allá arriba en el cielo vive un padre omnipotente y protector. La libertad es doloroso trofeo, pero bien vale la pena luchar para conseguirlo, sin embargo, pocos son los que se atreven a cavar con desnudas manos hacia el interior del laberíntico razonamiento, para después de la interna lucha, disfrutar la pulida gema autónoma y repelente al cautiverio que imponen las religiones, y la prejuiciosa sociedad, carnavalillo de disfraces confeccionados con falsas actitudes, agregué finalmente. Concuerdo con su filosofía, monsieur Peñafiel, repuso Sartre, no hay otro legislador que el hombre mismo. Para el existencialismo sólo hay realidad en la acción, el hombre existe en la medida en que se realiza, es el conjunto de sus actos y nada más. Este pensamiento es duro para aquellas personas descontentas con lo que son, pero en cambio, el existencialismo es optimista, pues declara que el destino de cada uno de nosotros está en nuestra mano, dejando a un lado nuestra miseria para realizar nuestro proyecto, el héroe no nace héroe, se hace héroe, concluyó aquel filósofo de gruesas gafas, antes de despedirnos, ya que aún faltaban muchas personas a las que yo deseaba saludar. 


Irma García Xochiquetzalli
Ernest Hemingway y Manuel Peñafiel son escritores que han llevado 
la carga de la tragedia sobre sus hombros. Foto Irma García Xochiquetzalli
Por lo tanto, me dirigí a la cantina Le trou dans le mur, donde estaba seguro de que hallaría a Ernest Hemingway; cuando entré a dicho lugar, el escritor llevaba varias horas de estar ingiriendo licores, así que no me sorprendí cuando me saludó con una mezcla de inglés, español y francés. Veo que vives igual al título de tu novela París era una fiesta, le dije. ¿ Qué quieres que haga ? , replicó. Mi psicoanalista es mi máquina de escribir, y cuando no la tengo cerca, de alguna manera tengo que apaciguar a mi cerebro atribulado por traumas y tragedia. Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callar. De niño mi neurótica madre me vestía de mujer, llamándome Ernestina, y el bofo de mi padre no tuvo el carácter para impedir tal aberración, en cambio descargaba su frustración personal infringiéndome castigos físicos. Él era ginecólogo, ¿ cómo olvidar la ocasión en que me pidió acompañarlo a un difícil parto ? Aquella mujer gritaba de manera tan atroz, que su marido se quitó la vida al no resistir tal agonía. El cobarde de mi padre se suicidó agobiado por una enfermedad incurable. Durante las guerras en las que participé como chofer de ambulancia y corresponsal de guerra, ví a la muerte desmembrar a civiles y a soldados, yo mismo estuve a punto de morir en la Guerra Civil Española; después de esa masacre a la idea republicana, escribí Por quién doblan las campanas, con la cual intenté demostrar que la pérdida de libertad en cualquier parte del mundo, es señal de que la libertad se encuentra en peligro en todas partes. Pero, tú Peñafiel, no te has sentido derrotado, y aún compones melodías fotográficas. Ernest, continuó con su chispeante charla: Por cierto, déjame decirte que un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría mejor sabor. Y luego, exclamó: Hey, mexican artist !, aprovechando que estás aquí, regálame uno de los puros veracruzanos que sueles disfrutar, y pide una copa para acompañarme, sé que te gusta el vodka en las rocas, manifestó mi barbado amigo. Eso bebía yo cuando vivía en la Ciudad de México, ahora en París disfruto la champaña, y cuando regrese a Cuernavaca, celebraré con pulque o mezcal mi retorno a casa, le aclaré.  Aguardé a que Ernest encendiera con un cerillo de madera mi aromático obsequio, y mientras las volutas de humo emergían de su boca, aproveché para decirle que no podía acompañarlo en las delicias etílicas, debido a que aún faltaban personas a quien yo deseaba visitar. Bueno, tú te lo pierdes, me respondió Hemingway, pero si regresas a París, ya sabes donde encontrarme, frecuentemente me hospedo en el Hotel Ritz, o acude a esta misma taberna Le trou dans le mur, por cierto, ¿ sabes lo que significa el nombre de este bar ?. El hoyo en la pared, respondí. Hemingway me detuvo aferrándome del brazo, y con agrio susurro, me confesó al oído: Un hoyo es lo que un día le haré a mi cabeza con una escopeta, cuando mi depresión se torne intolerable. No digas eso, le amonesté severamente. Pero ahora que mencionas los disparos, es imperdonable que te guste la cacería, y halles placer matando bellos leones africanos. Ernest me dio la espalda, apuró el contenido de su vaso, y malhumorado gruñó: Creo que me paso el tiempo cazando animales y peces para no matarme a mi mismo. El funesto presagio de aquel prolífico escritor, me entristeció. De vuelta a su casa, Hemingway cumplió la sentencia; asentó la frente contra los cañones de su escopeta, dispersando su talentoso cerebro en grotescas manchas sanguinolentas y viscosas por toda la habitación, esto sucedió al alba, su trastorno bipolar maniaco depresivo lo arrastró durante el polo matutino, periodo de mayor malestar y desplome anímico al comenzar el día.


 Manuel Peñafiel
La Iglesia Católica Apostólica y Romana ha sido 
una organización hipócrita, perversa, criminal y lucrativa
 a lo largo de la historia. Foto Manuel Peñafiel
La Vida es una canasta rota, cuando el ser humano acumula ciertos logros, un hueco en la personalidad los deja escapar, el talento es la piel desnuda de los sentimientos, una nube los puede acariciar, sin embargo, las espinas de la mente se clavan durante las insomnes noches. La         inteligencia es hermana de la insatisfacción, medité ásperamente.
Las tortuosidades de la historia me condujeron a las mazmorras de la Santa Inquisición, los lamentos de los cautivos desgarraron la decencia humana, la religión católica es la más infame organización que haya existido, su codicia es tal, que ha torturado y asesinado a incontables inocentes con el propósito de mantener su poderío económico y político, sin embargo, los incultos feligreses rechazan ilustrarse en la enciclopedia de la sangre, millones de católicos son torpes siervos al servicio de la malignidad oculta tras incienso de rapiña, deambulan en la idiota evasión de que al interior del Vaticano, monasterios y conventos la perversidad amasa su diaria eucaristía. Decepcionado, he repudiado a la mayoría de mi familia, la cual semejante a ganado bovino, acude a los templos a rumiar estupideces dogmatizadas con estiércol. ¡ Cantar en el altar y violar niños en la sacristía, repugnante hipocresía !.
Durante la Edad Media, el Santo Oficio arrinconó a los judíos para despojarlos de sus bienes, decenas de mujeres terminaron en la hoguera acusadas de practicar la brujería, todo aquel individuo anhelante de progreso intelectual era perseguido por los psicópatas sacerdotes, aquellos desdichados encarcelados por el obscurantismo, eran sometidos al suplicio para arrancarles una supuesta confesión expulsada por dolor irresistible, esos crímenes persisten elocuentes dentro del Museo Grévin.


Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli, en compañía de Leonardo Da Vinci,
Para alejar de mi mente a la amargura, busqué la reconfortante compañía de mi esposa Irma García Xochiquetzalli, el vistoso atuendo maya tzotzil que lucía aquel día, me ayudó a distinguirla en compañía de Leonardo Da Vinci, ella se encontraba atenta a las explicaciones de aquel luminoso protagonista del Renacimiento, durante el cual, la curiosidad humana y el hambre de progreso se despojaron del yugo religioso. Cuando llegué a su lado, Leonardo Da Vinci, pintor, hombre de ciencia y escultor, le mostraba a mi esposa Irma una cápsula bélica acorazada, desde donde era posible que los soldados apostados en su interior disparasen sus fusiles contra el enemigo, este invento fue uno sus tantos otros que han perdurado hasta la actualidad. Después de su interesantísima ilustración que abarcó conocimientos anatómicos y proyectos aerodinámicos, Da Vinci le pidió a mi esposa Irma que tuviese la gentileza de posar para él, la idea me entusiasmó, por lo tanto decidí dejar al genio Leonardo pincelar a solas, y reunirme posteriormente con mi mujer. Sin embargo, la hediondez del clero católico persistía, a pesar de haber dejado atrás las épocas antiguas, mis pies se hundieron en las cenizas de miles de judíos quemados en los hornos nazis, a sabiendas del Papa Pío XII, quien guardó despreciable silencio, mientras la solución final alemana también eliminaba a miles de gitanos, por lo que la gente lo apodó el Papa de Hitler, después escuché los disparos ordenados por el golpista Francisco Franco para eliminar a los republicanos en España, apoyado en su dictadura por los Papas Pío XII, Juan XXIII, y Pablo VI, quienes lo consideraba un buen católico, mis oídos se crisparon con los gritos de los torturados en las prisiones militares de Augusto Pinochet, mientras el dictador abrazaba a Juan Pablo II, encubridor de sacerdotes pederastas, los gemidos de los prisioneros del tirano Rafael Videla, fueron ignorados por el entonces anodino cura Jorge Mario Bergoglio, recién electo Papa Francisco I, otro actor en la farsa de la caridad cristiana, a la cual asisten millones de mujeres insatisfechas, y hombres que escupen sus delitos en el confesionario realizando la monetaria transacción llamada absolución de los pecados. Todo aquello me sofocaba, necesitaba salir de ahí, y con la fuerza del deseo me transporté a un lejano planeta, donde El Principito cálidamente me recibió, eres bienvenido a mi mundo, yo conozco el tuyo, llamado La Tierra, ahí conocí a mi autor el aviador francés Antoine de Saint – Exúpery, con quien mantuve profundas conversaciones, me explicó aquel lindo anfitrión. Muchas gracias, la hospitalidad honesta es el hogar, donde bien podría caber toda la Humanidad despojada de codicia y egoísmo, le respondí al Principito. Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos, agregó él, y continuó diciendo, todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan. Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Concuerdo otra vez contigo, repuse al Principito, yo pienso que la ciudad y el pueblo nuestras casas son y la foresta su jardín, mantengamos digno nuestro hogar e inmaculada la vegetación. 
Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel y su reina Irma García Xochiquetzalli han conquistado un territorio, 
donde ambos han sembrado semillas de optimismo y libertad. Foto Manuel Peñafiel

La mente es intrincado bosque, la vereda hacia el verdor depende de nosotros. Si tu piel es morena tienes suerte, el Sol quiso estar cerca de ti. Autoconfianza es invencible mariposa, no permitas que dudas y angustiantes pensamientos perturben su vuelo, concluí. El Principito me platicó que alguien le dijo, bebo para olvidar que soy un borracho. Los cautivos sufren, respondí, y le relaté otro incidente, un drogadicto le preguntó al alcohólico, ¿ qué sientes cuando bebes ? Ya olvidé, respondió el borracho, y el adicto agregó, a mí me duele recordar. Luego continué diciendo, la auténtica libertad es poseer alas sin tener la necesidad de desplegarlas para huir de la realidad consumiendo alcohol o estupefacientes; al final de tan nebuloso vuelo caeremos quebrando la brújula de nuestro verdadero destino. ¡ Eso que dices es cierto !, exclamó El Principito, lo deberías escribir. Animado por su entusiasmo, le respondí que al volver a casa transcribiría este relato para enviárselo a José Antonio Gaspar Díaz, incansable y tenaz coordinador del suplemento cultural Bajo El Volcán, con la esperanza de que dentro de sus páginas hallase sitio. Seguramente lo hará, me aseveró alegremente El Principito, antes de despedirnos dándonos un perdurable abrazo cósmico.
Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista







martes, 8 de octubre de 2013

Manuel Peñafiel firma convenio en Francia para difundir sus documentales en actividades pedagógicas, sin afán de lucro



Por José Antonio Gaspar Díaz


Con el título en francés de Les Derniers Zapatistes, Héros Oubliés, el productor mexicano Manuel Peñafiel donó a  importantes instituciones culturales parisinas la edición especial de su célebre documental Los Últimos Zapatistas, Héroes Olvidados, el cual reúne los testimonios de aquellos ancianos que en su juventud cabalgaron al lado de Emiliano Zapata.


Irma García Xochiquetzalli
Manuel Peñafiel dona su acervo documental en Francia 
con fines pedagógicos, sin afán de lucro. Foto © Irma García Xochiquetzalli



Manuel Peñafiel
Le Grand Palais fotografiado por Manuel Peñafiel
El director de fotografía permaneció 90 días filmando las diferentes facetas humanas que conforman la agitada existencia humana en esta bulliciosa metrópoli, y a su paso quiso dejar testimonio de su obra documental, donándola al Museo de Arte Moderno de la Ville de París, al Museo Jeu de Paume, especializado en fotografía, a la Casa Europea de la Fotografía y a la Cinemateca Francesa, donde Manuel Peñafiel firmó un convenio autorizando la utilización no comercial de dichos documentales en actividades pedagógicas, conferencias, formaciones profesionales y talleres organizados por la Cinémathèque Francaise; la cual a partir de ahora albergará dentro de sus archivos el acervo del cineasta Manuel Peñafiel, galardonado internacionalmente por el contenido histórico y social de su obra. 


Manuel Peñafiel
Los videogramas con la obra del artista mexicano Manuel Peñafiel, 
ya forman parte de importantes instituciones culturales europeas.
El director de fotografía, también donó a los museos franceses, su película Pancho Villa, la Revolución no ha terminado, testimonio fílmico que narra las peripecias de aquellos que combatieron junto al Centauro del Norte en la Revolución Mexicana de 1910.


Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli celebrando con su esposo Manuel Peñafiel 
la difusión internacional de sus documentales.
Dentro del acervo documental con la obra de Manuel Peñafiel cedido a las instituciones culturales francesas, se encuentran tres documentales realizados por Irma García Xochiquetzalli, el primero se intitula Pancho Villa, aquellos que lo conocieron, el cual recoge significativos momentos durante la inauguración de la exposición del mismo nombre, conformada por la colección de retratos realizados por Manuel Peñafiel durante el rodaje de su documental Pancho Villa, la Revolución no ha terminado, el segundo videograma se llama Pesadillas y Placeres, título con el cual Manuel Peñafiel dio a conocer su magna exposición retrospectiva con imágenes logradas durante más de cuarenta años de labor profesional, con la cual, el maestro de la lente se ha caracterizado por dar rienda suelta a su imaginación conformando escenas mediante fotografía construida, la cual ha sido definida como fotografía filosófica, ya que el propio autor asegura que su objetivo siempre ha sido invitar al público a la reflexión, meditando sobre la incógnita que guarda el incierto futuro de la Humanidad, la cual atraviesa una época bélica, donde además la tecnología ha suplantado a las emociones y a la sensibilidad. 


Manuel Peñafiel
La Basílica de Sacré Coeur. Foto © Manuel Peñafiel
El tercer documental realizado por Irma García Xochiquetzalli, se llama Fuerzas Creadoras del México Antiguo, el cual muestra la participación de Manuel Peñafiel en Arteaméricas, importante Feria Internacional de Arte Latinoamericano celebrada en Miami, donde la obra fotográfica de Peñafiel se enfocó a recrear la profunda perspectiva poética contenida en las mitologías de Mesoamerica. Las interpretaciones fotográficas de Peñafiel pletóricas de colorido simbolismo alusivo a la idiosincrasia de México Antiguo, fueron admiradas por el público en Arteaméricas al lado de las creaciones de Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Francisco Toledo y Carlos Mérida.


Irma García Xochiquetzalli
El maestro de la lente Manuel Peñafiel conviviendo 
con el pueblo francés. Foto © Irma García Xochiquetzalli
Anteriormente, durante otra de sus estancias en París, el también escritor Manuel Peñafiel, obsequió a la Biblioteca Nacional de Francia François Miterrand, sus libros El Estado de México, México, y su obra fotográfica literaria Emiliano Zapata, un valiente que escribió historia con su propia sangre  - Testimonios de los veteranos del legendario Ejército Libertador del Sur y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional EZLN.



Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel además de capturar la belleza de la Vida, también pone
 de manifiesto el infortunio de los desprotegidos.
El maestro de la lente Manuel Peñafiel durante su estadía en la Ciudad Luz recabó fotografías que son claros testimonios de la sensibilidad de este artista, quien no solamente se detiene capturar con su cámara la belleza de la Vida, sino también pone en evidencia el infortunio de los desprotegidos, en incansable afán por invitar al ser humano a una mejor convivencia, y respeto mutuo.

www.manuelpenafiel.com










Quetzaltótotlácatl en Place des Vosges


Texto de Irma García Xochiquetzalli
Fotografías de Manuel Peñafiel

Nos encontramos en París, y estuve en la plaza más antigua de esta ciudad: Place des Vosges, presentando mi composición "Hombre pájaro de bello plumaje", que en idioma materno se nombra Quetzaltótotlácatl. De esta manera comparto esta inolvidable experiencia en la legendaria Place des Vosges, construida por orden de Enrique IV de Francia, y donde el poeta, dramaturgo y escritor francés Victor Hugo tenía su vivienda.

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli en Place des Vosges, París  Foto ©Manuel Peñafiel
Aquí en Place des Vosges, los músicos se reúnen interpretando a sus compositores predilectos clásicos para los transeúntes y visitantes de todo el mundo, que salen a caminar por la Ciudad de París, después de haber grabado esas mismas piezas en un disco CD interpretado por ellos mismos, ahí lo ponen a la venta. Mientras la interpretación en vivo fluye desde el coraje vehemente del músico mostrando calidad y pasión, las monedas arrojadas por los transeúntes interrumpen las notas al caer en el estuche del instrumento, así se ganan la vida estos músicos callejeros, obsequiando melodías a todos, sin embargo, tienen mucha escuela musical para tocar en las calles, algunos de ellos pertenecen a pequeñas orquestas de diferentes barrios, y junto a la ejecución musical callejera, también ofrecen cursos de música a domicilio.
Cuando caminas por Place des Vosges escuchas las cuerdas de los sueños, los sonidos de los bellos instrumentos te animan alegremente a continuar por la plaza, las palomas vuelan junto a tí, el pintor se encuentra en una esquina de la plaza mezclando colores para terminar su óleo, los niños parlotean mientras tus oídos reconocen los nocturnos de Frédéric Chopin, los intérpretes no parecen agotarse jamás, su pasión es tocar, sentir y vivir solo en música, así que se me ocurrió presentar ahí mi composición inédita Quetzaltótotlácatl, la cual yo misma canté en náhuatl para el pueblo parisiense acompañada por mi amigo francés, el violinista Jean Marc Guiot. Cuando supe que viajaría a Francia, guardé mi partitura en la maleta con la intención de ir a Place des Vosges para presentar dicha pieza musical. 

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli precisando su partitura
a Jean Marc Guiot  Foto ©Manuel Peñafiel
Quise sentir la experiencia recordando a Édith Piaf (1915-1963), cantante y compositora francesa quien salía a las calles de París para que su canto fuera escuchado, y así ganarse unas monedas. Édith Giovanna Gassion llamada también "Madame Lamboukas", un día mientras cantaba en la esquina de la calle Troyon y de la calle Ma-Mahon en el distrito 17,  fue escuchada por el empresario Louis Lepleé, quien quedó fascinado con su voz y la contrató inmediatamente para que cantara en  "le Gerny´s", un cabaret de su propiedad. Este empresario le dio el sobrenombre de "La Môme Piaf", que significa "La pequeña trino", refiriéndose a los gorriones por su bella voz; rescatándola así de las calles para presentarla en el escenario de su cabaret ubicado en los Campos Elíseos. Édith Giovanna Gassion nació en los tugurios, su padre era acróbata, y al saber que ella nacería, bebió tanto que demoró en regresar al lado de su esposa embarazada, la madre salió rumbo al hospital sin conseguir llegar a tiempo, parió en plena calle debajo de una farola frente al número 72 de la calle de Belleville en París; hoy en día se puede ver la placa donde se evidencia tal acontecimiento. La pobreza obligó a su madre a dejar a la niña con su abuela materna, quien en vez de darle leche con biberón, la alimentaba con vino, con el pretexto de que así se eliminaban los microbios. Édith Piaf proveniente de familia pobre y alcohólica, más tarde se convertiría en una famosa y talentosa cantante, compositora y actriz.

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli en la tumba de Édith Piaf
Cementerio Pére Lachaise  Foto ©Manuel Peñafiel
Inspirada por Édith Piaf en París, así mismo, quise vivir el momento en la ciudad más hermosa del mundo, teniendo en cuenta que podía obsequiar algo propio al público, sin que las personas tuviesen que pagar por un boleto. En la capital parisina te inspira mucha gente talentosa, los músicos te regalan melodías exquisitas mientras esperas abordar el Metro, y dentro de sus vagones te sorprenden más intérpretes talentosos, el ruso malabarista expone su tenaz actuación mientras paseas por la avenida Campos Elíseos, si tu caminata es a las orillas del río Sena observas a los pintores y dibujantes, quienes se ganan la vida haciéndoles retratos a las personas, sin importar la nacionalidad, y si tu vista se desvía hacia los cruceros que navegan por la Sena, la danzante del vientre te sorprende a bordo de un yate, mientras algún violinista toca para la ocasión. Para vivir la experiencia de cantar en las calles de París mi composición Quetzaltótotlácatl, acompañada por las cuerdas del violín de Jean Marc Guiot, me atavié con un atuendo nahua del pueblo de San Agustín Oapan, que yo misma mandé confeccionar con mis amigas nahua parlantes. Cada vez que intento obtener una vestimenta típica del Estado de Guerrero sufro una odisea, esta vez que lo mandé confeccionar allá, tuve que comprar la tela, escogí una de gala, como la que ellas usan para sus fiestas importantes, preferí el satén en color azul rey, y para el mandil tradicional escogí el mismo tipo de tela, aunque ellas no lo usan así, pero en color de rosa. Tuve que esperar aproximadamente dos meses, porque, aunque es un vestido sencillo, había otras jóvenes esperando sus entregas de vestimentas en el pueblo. En San Agustín Oapan, las costureras no encontraron las florecitas en tela a colores que lleva el diseño del mandil, en tal poblado, el proveedor les dijo que no tenían para cuando llegar, y los trabajos de costura se atrasaron tanto que no quise esperar más, así que pedí me entregaran el vestido y mandil sin diseño de florecitas, posteriormente tuve que encargarlas a otra nahua que estaba por visitar el poblado…..aguardé un mes, dos meses, tres meses y perdí la cuenta. ¡Las flores tan esperadas por mí nunca llegaron! El diseño en flores coloridas que lleva el mandil es lo que le da el toque gracioso a las vestimentas de esta etnia, así que no podía usar un atuendo sin ellas, por varios días me frustré, pero mis amigos Mario de la Rosa y su amable esposa Francisca, de Ameyaltépec, me las consiguieron, ya que el mandil es muy similar al que usan las mujeres de su pueblo. Al tener en mis manos las florecitas, las cosí personalmente una por una en mi mandil, dándole un diseño propio.  

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli cantando en Place des Voges Foto ©Manuel Peñafiel
Cuando las nativas de aquellos pueblos me vieron por primera vez usar su vestimenta típica, me elogiaron mucho, pero les sorprendió que yo había mandado hacer un mandil de tela satén, ya que ellas lo usan solamente de tela cuadricular, miré sus caras de asombro, ellas sonrieron al verme, y me comentaron que se harían uno como el mío ¡creo que impuse una nueva moda entre ellas!  Así que si son observadores amigos lectores, sabrán que las nahuas de los pueblos de Ameyaltépec y San Agustín Oapan, solo usan vestido de gala en tela satén únicamente para el vestido y no para el mandil, el mandil siempre es de tela cuadricular en todo momento.
Mis amigas nahua de Ameyaltépec y San Agustín Oapan me han confeccionado otros vestidos, y estoy agradecida con ellas por ello, sin embargo, no todas las mujeres respetan estas vestimentas, al contrario; mis amistades indígenas me han narrado que algunas extranjeras que visitan sus poblados les compran a las nativas sus atavíos, no por amor a México, ni para enaltecer a nuestras etnias, mucho menos para portarlo, sino para esconder la droga en los bolsillos del atuendo con intención de introducirla a su país, y en el caso de ser descubiertas en la aduana, pretender ser inocentes, acusando a las nahuas de haberles vendido los vestidos con los estupefacientes dentro, sin ellas darse cuenta.
El simbolismo de mi composición tiene muchos significados, Quetzaltótotlácatl "Hombre ave preciado", es una melodía en idioma náhuatl que rescata el sonido elocuente de los antiguos cantares mexicanos.

Manuel Peñafiel
Monedas ganadas por Irma García Xochiquetzalli
al cantar en las calles de París  Foto © Manuel Peñafiel
En esta partitura se encuentran presentes como protagonistas el Hombre Poeta, quien es el tema principal en la pieza; el Hombre que da Vida a la Poesía, inspirado por el ave Colibrí, un pájaro importantísimo del antiguo México, que no solamente inspiraba cantos y poesía a los gobernantes mexica, sino además, sus plumas servían para adornar las vestimentas de los jerarcas del  México ancestral. Los colibríes eran considerados sagrados, por lo tanto, sus plumas estaban reservadas para la clase alta Pilli, los gobernantes y los guerreros de importante rango. El ave colibrí y el poeta se funden en uno, Quetzaltótotlácatl, el título de mi composición se deriva de: Quetzalli preciado, tótotl pájaro, y tlácatl hombre. Y en su música, el campo y las deidades están presentes también como parte de la historia de mi cuna, además se menciona en esta canción a Xochiquetzalli patrona de las trabajadoras textiles, deidad del algodón de Cuaunáhuac, así como al maíz nuestro alimento principal, y por supuesto a las flores, símbolo de la amistad y de la elocuente poesía que aborda este tema.

Manuel Peñafiel
Tumba de Frédéric Chopin, Cementerio
Pére Lachaise, 
París  Foto ©Manuel Peñafiel
En lo personal, me han inspirado a escribir esta canción, las hermosas e interesantes aves colibríes, que cada Primavera veo en mi jardín, aquellas que se alimentan del néctar de mis flores, las considero graciosas criaturas, muy interesantes, simbólicas en la historia de mis antepasados, es por ello que me inspiraron tan profundamente. El Poeta y creador de Arte es el hombre que no ha dejado de impresionarme, él es el aire que respiro, por lo tanto, el más importante en mi canto como lo dice mi composición "Hombre ave poeta", a quien le ofrezco este tema musical, al artista, quien me ha enseñado a darle sentido a la Vida, a mi existencia, siendo afortunada vivo la alegría en un canto de Cuaunáhuac, junto a su mundo creativo del cual yo soy parte.
Así que mi canción yo la dedico a mi Hombre ave preciado, a mi cuna y a las nahua que habitan dentro de todo el Estado de Morelos, y con estas palabras quiero expresarlo:
"Y cuando escucho el canto de las aves en mi tierra, dentro de mi bosque florido, sé que podré confiar en él, en mi colibrí, al cual yo le confieso en secreto un canto para aquel sabio hombre poeta, mientras la protectora de la fertilidad Xochiquetzalli riega el campo haciendo crecer al maíz, entre las flores de Cuaunáhuac".

Irma García Xochiquetzalli

lunes, 9 de septiembre de 2013

Una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata

Una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata

Texto y Fotografías de Manuel Peñafiel


Manuel Peñafiel
Ana María Zapata y Juana María Villa frente al retrato
de Emiliano Zapata. Fotografía © Manuel Peñafiel
Durante la filmación de mi documental Los Últimos Zapatistas, Héroes Olvidados, conocí a doña Ana María Zapata Portillo, reconocida oficialmente por el general Emiliano Zapata Salazar como su hija, y quien murió el 28 de febrero pasado a los 95 años. En esa ocasión decidí abstenerme de incluirla en esta obra cinematográfica, debido a que en mi documental quise darle prioridad a los combatientes que cabalgaron junto al Caudillo del Sur, aún así desde aquel entonces permaneció en mí el deseo de capturarla fotográficamente en el futuro. Esto sucedió durante las postreras semanas de filmación de mi segunda película Pancho Villa, la Revolución no haterminado, a este material filmado acerca del movimiento revolucionario dirigido por El Centauro del Norte, yo deseaba entrelazarlo fílmicamente con la gesta del Ejército Libertador del Sur, emprendida por Emiliano Zapata Salazar, así que después de comprobar la cordialidad de Ana María Zapata y la afabilidad de Juana María Villa, hija del revolucionario duranguense, pensé que al unir las imágenes de estas dos singulares mujeres, podría entonces ratificar visualmente la hermandad de principios éticos y humanos que cohesionaron los ideales de las dos figuras más prominentes de la Revolución Mexicana de 1910, Emiliano Zapata y Francisco Villa.

Fue el 14 de enero del año 2006, cuando a mi esposa Irma García Xochiquetzalli y a mí, nos fue posible organizar una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata, en la casa del hijo de ésta última,  Manuel Manrique Zapata y de su nuera Raquel, situada en la Heroica Ciudad Cuautla de Morelos.

Juana María Villa, cuya piel translúcida era similar a los afligidos pliegues de nuestra bandera nacional, en esta ocasión llegó con sus mejillas encendidas debido al calor, ella vivía en la colonia Linda Vista al Norte de la Ciudad de México, así que arribar a Cuautla le tomó más de dos horas.

Cuando Angelita su dama de compañía le abrió la puerta del automóvil en que la trajo, Juanita Villa, debido a su avanzada edad, mostró suma dificultad para descender del vehículo, fue conmovedor entonces, ver la manera en que Anita Zapata, otra ancianita igualmente deteriorada, se aprestó a ayudarla, dudé en asistirlas o continuar retratándolas, después de titubear, opté por lo segundo.

Nuestros anfitriones Manuel y Raquel, habían preparado una sabrosa comida para recibirnos a mi esposa Irma García Xochiquetzalli y a mí, a pesar de las ricas viandas puestas sobre la mesa, yo había perdido el apetito, tener frente a la lente de mi cámara a las descendientes directas de Pancho Villa y Emiliano Zapata, sería un acontecimiento irrepetible, ésta era la causa de mi inquietud, mi compromiso profesional era lograr una elocuente imagen de las dos mujeres juntas, el propósito era documentar fílmicamente la armonía existente entre Juana María Villa y Ana María Zapata, esa simpatía representaba la resonancia de aquella espontánea fraternidad que sintieron uno por el otro, Pancho Villa y Emiliano Zapata, sus dos hijas juntas, eran el eco de la analogía de ambos mártires respecto a sus sentimientos patrios.

Manuel Peñafiel
    Ana María Zapata y Juana María Villa con la antigua fotografía de Pancho Villa
       y Emiliano Zapata,tomada en el Palacio Nacional en noviembre de 1914.
                                          Fotografía de Manuel Peñafiel
Ese día, incontables veces disparé mi aparato fotográfico y con la otra cámara filmé en videograma otros tantos relatos de Juanita Villa y Anita Zapata, pero las imágenes que yo había recolectado hasta el momento, solo mostraban a dos viejecitas, considero que la fotografía debe hablar por sí misma, así que yo necesitaba una que dijera, ellas son las hijas de dos gigantes.
Así que se me ocurrió darles una reproducción de aquella antigua fotografía tomada en Palacio Nacional, donde aparece Pancho Villa sentado en la silla presidencial y a su lado se encuentra Emiliano Zapata, cuando Ana María Zapata tomó aquella histórica instantánea, sus ojos despidieron una chispa, y sin dejar de sonreír, le exclamó a Juana María Villa: ¡Mira hermana, aquí están nuestros papacitos juntos!

Después de obtener la fotografía de Juana María Villa y Ana María Zapata, sujetando el retrato de sus padres realizado aquel lejano mes de noviembre de 1914, cuando ambos generales entraron con sus tropas a la Ciudad de México, solo entonces me sentí menos tenso, dicha escena contenía lo que yo deseaba mostrar, el hecho de que a pesar de separarlos miles de kilómetros, Emiliano Zapata y Pancho Villa se sentían cerca uno del otro, esta verdad la confirmaban sus hijas, quienes también se sentían íntimamente unidas.

Capturada ya la fotografía que perseguía yo de ambas viejecitas, me relajé y comencé a charlar con ellas, Anita Zapata se mostró entusiasmada cuando le mostré el libro de mi autoría intitulado Emiliano Zapata, un valiente que escribió historia con su propia sangre. Al ver la portada cuya fotografía muestra los pies del soldado zapatista Marcelino Anrrubio, Ana María Zapata, suspiró al decirme: Mi padre el general Zapata para cabalgar usaba sus botines charros, pero cuando trabajaba en la parcela acostumbraba usar unos huaraches parecidos a estos, a los que aquí en Morelos les llamamos de tres tiras de cuero.

Manuel Peñafiel
Juana María Villa y Ana María Zapata con el libro Emiliano Zapata 
publicado por Manuel Peñafiel. Fotografía del mismo autor.
Luego la hija del Caudillo del Sur, muy pausadamente, comenzó a hojear el libro, tratando de reconocer los rostros de aquellos zapatistas que habían peleado junto con su padre durante la Revolución Mexicana de 1910, por algunos momentos se detenía ante algún retrato murmurando consigo misma: A este señor lo conocí, pero ahora los años lo han cambiado, ahora todos estamos decrépitos, igual que los ideales zapatistas jamás cumplidos, pero sí traicionados por la corrupción, aquellos que vivimos la Revolución Mexicana, envejecimos escuchando repetir las falsas promesas de presidentes y gobernadores. Estoy de acuerdo con usted Anita, le respondí:
Esa es la razón por la que en enero de 1999, mientras me encontraba filmando las entrevistas que conformarían mi documental acerca de los últimos zapatistas, escribí en el suplemento Nuestra Generación coordinado por Amy  A. Castillo Salazar para el periódico La Unión de Morelos, un artículo que describía mi enorme pesar, al ser testigo de las miserables condiciones en las que terminaron sus días aquellos revolucionarios, a este ensayo lo intitulé Héroes Olvidados, esta frase más tarde la utilicé para enfatizar el propósito de mi película.

Manuel Peñafiel
Ana María Zapata y Juana María Villa rememorando a sus padres los revolucionarios
Emiliano Zapata y Pancho Villa. Fotografía de Manuel Peñafiel
Cuando llegamos al epílogo de mi libro Emiliano Zapata, un valiente que escribió historia con su propia sangre, en cuyas páginas describo la muerte de Emiliano Zapata, su hija Ana María, me pidió:
Hágame el favor de leerme lo que usted escribió acerca de la forma ruin en que asesinaron a mi padre, si lo hago yo me pongo a llorar ahorita mismo, no tanto de tristeza, sino de ira. De las arrugadas manos de Ana María Zapata Portillo, última hija sobreviviente del Caudillo del Sur, tomé el ejemplar y comencé a leer: 

Jesús Guajardo, quien ya había recibido órdenes de Venustiano Carranza para cometer el homicidio, instruyó al regimiento que aguardaba a Emiliano Zapata aquel día en la Hacienda de Chinameca, los mercenarios federales parecían preparados para rendirle la salutación correspondiente al rango del visitante. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, los milicianos que presentaban armas al general revolucionario le descargaron dos veces sus fusiles a quemarropa. La vileza se abatió sobre aquel gallardo jinete derribándolo bajo cobarde granizo de metal disparado a mansalva. Las inmundas balas rasgaron la piel del Caudillo del Sur, violando sus fornidos músculos. El plomo caliente se abrió paso entre vísceras y arterias, al derrumbarse aquel hombre bravío sobre la burda tierra, sintió que a su cuerpo lo anegaba una laguna muda y carmesí. El cerebro de aquel combatiente se negaba a aceptar lo que le estaba ocurriendo, lo habían traicionado, así suciamente, como se cometen las perfidias incubadas en los albañales del gobierno. Por un quebrado instante pensó en sus padres, y en su propia familia, sus recuerdos estaban hinchados de pobreza. Creyó estar delirando, cabalgando libre sin ataduras, pero esa borrosa alucinación se fragmentó febrilmente, aquel incorruptible ser humano inútilmente trató de aferrarse a la vida, su encomienda no había terminado, sus paisanos le habían encargado la restauración de su honor y el derecho a rememorar biografías decorosas. Pero aquellas impunes ráfagas lo habían perforado, su existencia se le escapaba volando igual que el pájaro cenzontle a inalcanzable rama.

Irma García Xochiquetzalli
Manuel Peñafiel autor de los documentales Los Últimos Zapatistas, Héroes Olvidados,
y Pancho Villa, la Revolución no ha terminado. Fotografía Irma García Xochiquetzalli
Con intuitiva gallardía trató de no sucumbir en aquel pozo que ya se estaba poniendo frío, pero sus manos estaban agarrotadas, no podía asirse de nada, caía hondo hacia el obscuro desfiladero que trae la agonía, solo la muerte fue capaz de impedir que Emiliano Zapata montara de nuevo su caballo.
Ana María Zapata al escuchar mi prosa, detuvo la lectura, sus ojos refulgían lacrimosos, sin embargo, no permitió que ninguna gota escapara, me sorprende lo que de usted escucho, me dijo con voz casi inaudible:
Parecería que usted estuvo ahí, luego ya no dijo más, estrechando mi mano al despedirse, agregó: Gracias por narrarle una vez más a la gente, la valerosa honestidad que siempre poseyó mi padre, el general Emiliano Zapata Salazar.

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli, Ana María Zapata, Juana María Zapata y Manuel Peñafiel. 
Arriba: Manuel Manrique Zapata y su esposa Raquel. Fotografía © Manuel Peñafiel

Invariablemente cuando una fuerte emoción me subyuga, ya sea de enojo o tristeza, mis pensamientos se atropellan incapaces de articular verbalmente a mis ideas, así que al escuchar de Ana María Zapata estas palabras, atropelladamente le respondí a la hija de aquel prócer: Usted no tiene que darme las gracias, yo soy el que debo estar agradecido por haber hallado el privilegio de convivir con los últimos zapatistas, yo soy solamente un fotógrafo haciendo disparos en contra del olvido.

Fotógrafo, escritor y documentalista.

Galardonado Internacionalmente por el Contenido Histórico y Social de su Obra.
Marzo del 2010