lunes, 25 de febrero de 2013

Péyotl del Desierto


Texto y Fotografías de Manuel Peñafiel


”Endeblemente conservado por resistentes y escasos sobrevivientes Real de 14 es fantasmal raquítico pueblo, antaño importante centro minero explotado por los depredores españoles que invadieron estas tierras en el Siglo XVI. Al agotarse los minerales, la gente emigró con los bolsillos vacíos y la esperanza desgastada, abandonando sus hogares que permanecieron ahí con los tejados desprendidos por la crueldad de la pobreza. Las desnudas bardas y paredes incrustadas en la montaña semejan las vértebras del esqueleto arcaico de gigantesco animal insólito, perdurando después de tétrica agonía. En el cementerio yacen irredentos de justicia, los restos de indígenas que obligados por el látigo de los invasores hallaron la muerte bajo los derrumbes de las minas, o fallecieron carcomidos por la anemia y la enfermedad. El dueño del mesón a donde llegué, al enterarse de que pretendía acampar en el desierto, me recomendó cuidarme de las culebras. Son muy grandes me previno. La mente es impredecible archivo, al escucharlo hablar de serpientes, recordé a una sirvienta que trabajaba en casa de mis abuelos maternos cuando yo era niño, la vieja sin duda gozaba atemorizándome; Zenaida relataba siseando palabras entre desdentada mandíbula, que en su tierra natal las sierpes se acercan olfateando el jacal donde alguna madre amamanta al crío, sigilosamente dentro, el reptil se endereza mirándola obstinamente para hipnotizarla prendiéndose al pezón disponible, la mujer sumida en abismal trance afloja los brazos dejando caer al bebé cuyo llanto logra despertarla, al ver alejarse al satisfecho reptil con rastros de leche en el hocico, entonces horrorizada comprende lo sucedido. 


Algunos niños mueren con el golpe, otros fallecen de hambre, a muchas se les secan los pechos con el susto, concluía de narrarme aquella mujer obscura. Ahuyenté aquellos mórbidos relatos para continuar charlando con el propietario del mesón, quien me informó que para hallar la plantita que yo buscaba, sería imposible llegar en automóvil, se ofreció a cuidar de mi vehículo mientras yo continuaría a pie. El trayecto fue áspero, era necesario constante esfuerzo para no resbalar sobre aquellas agudas piedras limadas por los años. Conforme me introducía al desierto, el silencio parecía aplastarme. Me sentía diminuto en medio de aquellas montañas erosionadas, altas como mis temores. Hirsutos arbustos sobre la ardiente grava se alzaban retándome a continuar. El cielo era azur añil intenso, impecablemente inmisericorde, carente de vapor en su semblante, egoísta para prodigar alguna reconfortante sombra. Arribé a un deprimente caserío. Todo estaba cubierto de polvo, las casas, los magueyes, los perros, los rebozos de las mujeres, y los sombreros de los hombres. En un diminuto estanquillo pedí cerveza obscura, el hombre trás el mostrador me extendió una botella al tiempo, me dijo que no la bebiera fría para evitar los retortijones, de todos modos aquí no hay refrigeradores, agregó. Pensé que se burlaba, pero hablaba con buena intención, reconociendo mi facha de inexperto citadino; afuera el calor masticaba a la monotonía. Algunos niños se acercaron curioseándome sin el menor recato. Mirando la mochila colgada a mi espalda, uno de ellos preguntó: ¿ Qué tanto carga ahí ?. Tones para los preguntones, respondí. Sus amigos jocosamente se retorcieron en chimuelas carcajadas. Con un susurro, le pregunté al hombre trás el mostrador, si acaso conocía a alguien que me vendiera peyotito. Después de una propina, me dió las señas para hallar una casucha siguiendo una callejuela tan angosta como las posibilidades de progreso en mi México. Los transeúntes que pasaban a mi lado eran marchitas figuras de reseca resignación, desprovistos de humanidad, prematuros residuos carentes de vida en sus entrañas. Los individuos portaban sombreros ajados por el aburrimiento, las mujeres carecían de mirada, sus rostros eran de piedra piel frustrada, andaban con una mano sujetando ya fuera a un escuálido hijo desnudo de la cintura para abajo, o llevando del brazo una canasta de granulada desilusión, sin excepción, todas ellas se tapaban la nariz con su rebozo para no aspirar la tierra levantada por el impertinente vientecillo “. 

Regresé trayendo mi botín dentro de un morral, le extendÍ arrugado dinero de papel al dueño de la tienda para que me vendiera cigarrillos y tequila, refunfuñó diciéndome que el billete era grande y no tenía cambio, respondí que lo sustituyera por golosinas para los chiquillos, aguardé hasta que se ajustó la cuenta, ellos me acompañaron un buen trecho, el grito de una mujer llamando a uno de ellos, los obligó a volver de carrera al pueblo. Anduve lo suficiente para alejarme de aquella aldea de empobrecidas ilusiones. Al llegar al cauce seco de un río, decidí ahí mismo acampar. El paraje era inhóspito, dormiría sobre las nada hospitalarias piedras, así que con el machete corté algunas pocas ramas para confeccionar un rústico colchón debajo de la tienda de campaña. Las piernas me dolían por la ardua caminata. Abrí algunas latas de comida, no tenía apetito, pero era conveniente cenar algo. Salí de la tienda para mirar con beneplácito la recompensa que había obtenido, ahí dentro me aguardaban aquellos misteriosos objetos redondos y verdes. Esas son las cabezas del péyotl, dijo una voz, dirigiéndose expresamente a mí, el temor apretó con su garra a mi estómago, la piel se me erizó. ¿ Quién eres tú ?, le pregunté a un niño aparecido de la nada, su aspecto era endeble, pensé que era alguno de los muchachitos que había encontrado en la miscelánea del pueblo, pero no era así, seguro no representa amenaza alguna, me dije a mÍ mismo, pero....¿ y si viene acompañado de alguien más para robarme ?. No tenga miedo, contestó leyendo mis pensamientos, o simplemente mi rostro acentuado por el crepúsculo delató mi desconfianza. Aquel labrador, cantero, pastorcillo o lo que fuera, me sorprendió al desenfundar un afilado cuchillo demasiado grande para alguien de su edad, y sin decir palabra extendió la mano en ademán para que yo le diera los peyotin, los cuales con pericia partió en gajos. Tienes que masticarlos, cuidándote de no espinarte. Ahora él me tuteaba, con la actitud de alguien que se dirige a inexperto novato.


Es como mascar caña de azúcar, luego arrojas el bagazo, solo que está muy lejos de parecerse al sabroso dulzor, me advirtió riendo.Tomé el péyotl. Se veía inofensivo. Lo metí a mi boca y apreté los dientes, sus jugos salieron en diminuta avalancha dispuesta a amonestarme por el atrevimiento de haberlo mordido. El sabor fue tan violento que estuve tentado a escupirlo. Era amargo igual a la cobardía no aceptada, sin embargo, también era nauseabundamente dulzón como el desprecio disimulado. Con esfuerzo tragué a mi castigada saliva. Deposité el pellejo en mi mano y lo arrojé lejos, el péyotl es carne del desierto. Aquel niño estaba muy pendiente de mí, preguntó si apetecía agua. Negué con la cabeza. Miré a las cuatro retadoras cabezas de péyotl que aún quedaban por ingerir, según la dósis asignada por aquel etéreo guía indígena. Una a una, pausadamente las mastiqué, luchando contra las náuseas que me producía su fornido sabor. Para evitar el vómito, aspira hondo, no seas coyón, me amonestó el inesperado visitante. Me vinieron ganas de orinar, al hacerlo temí que las piedras mojadas se disgustaran conmigo, estaba hondamente consciente de la noble Naturaleza que durante siglos ha mimando con bondades a los seres humanos, apáticos e ingratos. Tuve la sensación de ser rechazado por aquel lugar que me sofocaba con silencio ígneo. El estómago lo tenía revuelto. El viento comenzó a escucharse metálico, igual a navajas de arrepentimientos. Miré al desierto que estaba iluminado por la Luna. Caminé arrastrando los pies, luciérnagas de plata me deleitaron con su coreografía irrepetible, me aproximé a las voces del silencio, escuché ladridos entre los planetas, el vuelo del sollozo despeinó a mis cabellos, los códices de consuelo se borraron sin respuesta. ¿ Estás bien ?, inquirió aquel niño de espuma arcaica. No hubo necesidad de responder, nuestras miradas se cruzaron, los dos desciframos en ellas, lo mucho que amábamos a los laberintos de la introspección. Nuestros pensamientos estuvieron ligados por un instante, durante el cual, nos dijimos muchas cosas en idioma sin diccionario para los intrusos. Sentimos el vacío dejado por nuestros fallecidos padres, pero nos reconfortamos al sabernos amigos de la desnuda reflexión, aquella que evitan los que no se atreven a contabilizar los yerros y aciertos cometidos en esta caricatura llamada existencia. Sentí ganas de jugar con mi gran compañerito, quise preguntarle si traía canicas, un yo-yo, o algún trompo de caracol y oro, pero comprendí que él estaba desprovisto de cualquier rastro de ingenua infancia, me recordó a mí mismo, empapado por el amargo caudal de un hogar resquebrajado, llegaron a la memoria mis solitarias caminatas por el patio del kindergarten, incapaz de socializar con aquellos enanitos que se entretenían tan fácilmente dentro de un cajón de arena construyendo absurdos montoncitos, pensé en los parientes diluídos en citadina muchedumbre, ninguno fue prominente, me hubiese gustado convivir con algún personaje consanguíneo, débiles evasores de comprobados crímenes la mayoría de mis familiares se arrodillan ante el Vaticano, nauseabundo escondrijo de sacerdotes violadores de niños. El precio de la creatividad es rumiar la individualidad, atenazándola con decididos dientes, tal y como lo había hecho con el estupendo cacto. Intenté decirle a mi camarada: ¡ Oye, tú y yo tenemos algo en común !, Las circunstancias nos envejecieron prematuramente, sin oportunidad para jugar, la pobreza te obligó a trabajar, y mis tardes infantiles fueron secuestradas por maestras y profesorcillos holgazanes, agobiándome con densas tareas escolares después de clase para resanar su negligencia pedagógica en el aula, el catecismo católico me sembró insomnio con sus infernales amenazas, aún así, no nos marchitaron, y con el tiempo nos autotransfiguramos en niños otra vez, flores de roca perfumada!. Pero, cuando me disponía a darle las gracias a aquel peculiar infante anciano, no fue posible detener su silueta alejándose hasta perderse en la irresoluta incógnita. Continué caminando en la noche sin temor a extraviarme, sabía que si regresaba por aquel cauce encontraría mi campamento. 


El tiempo se deslizó sin darme cuenta, el frío me obligó a volver. Me introduje a la bolsa de dormir, al subir la cremallera tuve la sensación de estar embalsamándome. La espesa obscuridad era violada por el insolente rebuznar de necios burros, pensé que tendrían revuelto en el pelambre diabólico azufre junto con escamas de perversidad eclesiástica, en mi mente volaron sardinas de arena raspando la garganta de un bebé adulto que aún no había llorado, luego vino el miedo a no morir completamente, la paranoia de ser devorado por los propios pensamientos. La ansiedad machacó los momentos, antes de soñar con iracundos gatos amarillos. Aquella noche en el desierto no dormí bien. Mis ojos se inundaron con ultrajantes fantasías. Me debilité como la espina que se pincha a sí misma. Escuché peregrinaciones aborígenes portando marchitas flores con pétalos de lija y piedra pómez. Me arrastré entre arrecifes de preguntas, aspirando conclusiones en sarcófago volátil, masqué temores hasta comprender que aquel que no intenta explorar, será inerme larva aplastada bajo la suela de la oportunidad perdida. A la mañana siguiente la tienda de campaña me parió desnudo, aquella agreste inmensidad desértica golpeó mi ánimo. Sentí necesidad de retornar a la ciudad. Volví al caserío donde estaba el estanquillo, para preguntar si por ahí pasaba algún camión de pasajeros, no me sentía con energía para volver andando a Real de 14. El dueño se encontraba acomodando cajas con botellas de licor, el alcoholismo es una adicción nacional; sin voltear, exclamó: ¡ Veo que la plantita no lo trató bien ! El confianzudo sujeto lanzó eso tan inesperadamente, que me avergoncé ante los demás clientes. No es eso, titubée al responder: Sucede que dejé asuntos pendientes. Los hombres que bebían cerveza me miraron por el rabillo del ojo. Sabían que yo mentía, pero no hablaron; a esos rudos hombres que más les daba, si el peyotl había asustado a un frágil citadino con guardarropa limpio aguardándolo al llegar a casa.Transcurrió un instante para que de nuevo el desierto hiciera su llamado, fue algo indescriptible, los ahí presentes quedaron fuera de mi paisaje personal, ningún sonido escuchaban mis oídos, solamente un zumbido emanando un definitivo Sí, era una larga afirmación encrespada, igual a la cordillera que nos cruza dentro a todos los seres humanos, y que pocos se atreven a escalar. 


Volví al jacal donde antes había adquirido las cabezas de péyotl, al salir de ahí, me percaté que tampoco aquella vez el vendedor me había mostrado el rostro, no era que lo ocultara, lo que hacía no era ilegal, diversas etnias emplean el péyotl en sus ceremonias religiosas, sin embargo, cobré consciencia de que entre él y yo no había surgido diálogo alguno, ni siquiera recordaba que me hubiera indicado el precio, al salir de aquella casucha noté su apariencia deshabitada, toqué a la puerta para cerciorarme, pero fuí ignorado, en aquellos parajes existen seres a los que uno no está habituado. De vuelta al sitio donde el día anterior había acampado, aguardé el crepúsculo para engullir al poderoso péyotl, esta vez su sabor no me tomó desprevenido. De todos modos tuve que contener la náusea, el malestar fue desapareciendo. Permanecí charlando con la Luna, su ancha luminosidad proyectaba sombras que me hicieron compañía, con las manos comencé a formar siluetas de animales sobre el suelo, jugando adivinanzas para ver si algún aparecido atinaba lo que eran. Reí mucho comiendo barras de chocolate. Al tercer día, resucité de entre los muertos pensamientos. A la puesta del sol, ingerí péyotl otra atrevida vez, sus efectos me ayudaron a reconciliarme con aquel lugar que ya no me resultó hostil, platiqué en susurros trasnochados con los sonidos juveniles de un búho que nunca se dejó ver. Mi cuerpo me invitó a caminar. El desierto despedía intrigantes resonancias. De las montañas provenían cánticos surgidos de grutas con pétreos intestinos. Me separé de las ideas. Caminé solo. Al andar, las cabezas de péyotl que había guardado se movieron dentro de mi pantalón, en ese momento pensé en ellas con afecto. Quise recapacitar acerca de mis emociones, no había duda, lo que experimentaba por aquellas cactáceas era cariño. Metí la mano al bolsillo para palparlas, me sentí acompañado. En el seco lecho del río, las piedras boludas iluminadas por el reflejo lunar daban la impresión de que ahí se había desprendido un collar de enormes cuentas dispersas por los siglos. Mi vista se hizo flexible y sinuosa, capaz de recorrer los contornos del cauce ribereño. Las pupilas dilatadas recorrieron aquel sendero durante miles de kilómetros hasta llegar al mar. Mis ojos bajaron a titánicas cavernas submarinas donde el océano inscribió los códices de la Vida. Mis zapatos escurrían cuando volví de las olas hacia la tienda de campaña, afuera dejé las mojadas huellas de un niño anfibio. Me sentí aprisionado, salí de nuevo al paseo nocturno. Aunque el terreno era pedregoso, mi andar era preciso y suave. Llegué a una hondonada donde me detuve ante un montículo que daba la impresión de una tumba. Me recosté encima de ella. La dura grava se amoldó a mi cuerpo. La peregrinación avanzaba lentamente. Los cirios pestañeaban. Era mi sepelio. La noche se ampulaba con escalofríos. Sobre sus hombros llevaban el ataúd que se contoneaba en un susurro rasgado por las lágrimas. Los niños angustiados de mi mente por fin dormían. La ansiedad había quedado atrás. 


Mis erráticos pasos envueltos en seda blanca finalmente hallarían reposo. Con los ojos cerrados esperé a que la dulce tierra me cubriera. No había razón por la cual sentir temor. La muerte ya no me asustaba. La última noche después de exprimir mucho peyotl dentro de mi boca, deambulé por el desierto acompañado esta vez por toda clase de presencias, el destello lunar clareaba todo alrededor, se podían vislumbrar las siluetas y perfiles de los entes del universo oculto, les rogué que no me impidieran el paso hacia los vericuetos de la reflexión. Los seres de humo y guiños sonrieron indescifrablemente haciéndose a un lado para que yo pudiera transitar espontáneamente, entonces me topé con un nopal marcado con los insultos de alguien que lo había rasgado con rencoroso punzón. El sitio despedía espeso odio, por lo que decidí alejarme. Después de largo trecho tuve deseos de descansar. Las piernas las sentía remisamente pesadas, dándome a entender: Camina sin nosotras, emplea los tentáculos del pensamiento. Me recosté otra vez sobre el suelo. Con los ojos cerrados permanecí sobre aquel lecho de guijarros, mientras conceptos abstractos recorrían los pensamientos. Mi intelecto, preguntó: ¿ Que es el éxito en la vida?. Seguido de esto, visualicé una valija, mentalmente la abrí, en su interior encontré otra idéntica, solo que de menor tamaño. Abrí la segunda maleta para encontrar de nuevo otra. Continué abriendo, hallando siempre otra de menor tamaño, hasta que obtuve una maletilla de ridículas dimensiones. ¿ Esto es el éxito?, me dije. Algo que la mayoría de la gente anhela, y al momento de creer haber hallado lo buscado carece de valor, como aquel insignificante maletín sin la menor utilidad, sin lugar suficiente para guardar espejismos como el de la familia; muchas creen que la maternidad las hará sentirse plenas, pero en la mayoría de los casos, cuando los hijos abandonan el hogar los matrimonios que los engendraron se hallan hartos uno del otro. Muchas veces, éxito es sinónimo a fracaso, el empresario millonario es un fraude como padre, y aquellos hombres que no prosperaron económicamente por mal o bien atender a sus descendientes, reciben despectiva mueca por no haberlos provisto de mayor comodidad financiera. Las familias laberintos sin salida, escenografía social, maquillaje de risas entre sonoros brindis durante los fines de semana. Abrazos de fin de año con ganas de volver a casa.


El péyotl entró verde a mi metabolismo, no hubo combate, ni contradicción, soy de hierba buena y mármol, los jugos del cactus lubricaron aún más mi mecanismo lubricado con nubes de vainilla, sentí la grava encajándose a mi dermis, mudé de piel igual que un reptil reinando sobre la majestuosidad desértica, con las estrellas luminosas tejí una corbata que aún palpitaría sobre mi pecho a pesar de duelos y traiciones, hablé con el silencio, y sobre la desnuda tierra escribí con la punta de mi dedo mis propias ecuaciones para la supervivencia, compuse melodías sobre impalpable partitura donde sólo los privilegiados logran leerlas para entonarlas, hace falta temple para alejarse del grotesco carnaval social, marionetas minusválidas, torpes focas desprovistas de vital oleaje. La mente es horno similar al de una metalurgia, indispensable es introducirle combustible con nuestros cinco sentidos impecables, ningún vegetal, droga, o estimulante químico encierran magia alguna, nosotros somos libres hechiceros, solo se requiere pulir prodigiosa varita girando un torno lubricado con esperanzadas lágrimas. 


Mis experiencias con el péyotl fueron de audaz pagano, aún así, se portó bondadoso conmigo. Este misterioso cacto fue venerado por nuestros antepasados aborígenes, de ninguna manera es una conexión divina, pero así lo creían ellos, en realidad, es nuestra mente humana la que comienza a rebosar espoleada por este fascinante cardo que amplía la capacidad sensorial y perceptiva, las ideas se hacen carne cruda, las cavilaciones muelas para devorarla, la introspección es tan profunda que algunos se asustan al mirarse dentro de ellos mismos, el péyotl expande la grandeza cósmica que existe en el cerebro humano, no es puente para ver y hablar con el gran espíritu o dios alguno, tampoco óraculo para adivinar el futuro, el péyotl es un detonador que estalla luminiscencias inimaginables, es el trampolín desde el cual abalanzarse al vacío, y en las piruetas uno puede vislumbrar que la galaxia está dentro de nosotros mismos.
Los eventos aquí narrados, los atesoro con agradecimiento hacia mis hermanos indígenas impalpables, sin estar ahí, ellos derramaron cortesía hacia mí, tejiendo con murmullos aquel capullo protector en el riesgoso desierto azul donde no sufrí rasguño alguno, yo corrí con suerte, algunos en cambio, se han sepultado bajo derrumbe psicológico ocasionado por erosionada personalidad.


Fatigado para regresar andando a Real de 14, opté por treparme a un destartalado autobús que pasó por ahí; en el mesón alquilé una habitación con urgencia por darme un baño, el agua caliente jamás salió de la oxidada regadera, aún así, apresurado me deshice de mi caparazón de mugre aventurera. Al otro día después de disfrutar de un copioso desayuno, conduje mi automóvil hasta la Ciudad de México. Todo esto sucedió tres décadas atrás, la experiencia permanece fresca, el discernimiento se robusteció. Desgraciadamente la tecnología ha idiotizado a millones de personas atrofiándoles los sentidos, el paisaje ya no es admirado, son pocos los que miran a las nubes, perciben la brisa tímida, o escuchan a los pájaros trinar sus planes en la madrugada. Las mentes de los niños del Siglo XXI reptan por los vericuetos bélicos de los juegos en computadora; la gente cree comunicarse con el prójimo enviando mensajes intrascendentes con la ortografía de un chimpancé entrenado, cuando observo en la mesa de algún restaurante al malencarado supuesto jefe de familia hurgando avisos de oficina en el teléfono móvil, mientras sus hijos sonríen bovinamente con los insulsos mensajes de sus amigos por el celular, y a la madre con malhumorado rictus bebiendo aperitivos para apaciguar su hastío; acude a mi mente aquella meditación en la cual apareció la minúscula maleta simbolizando el éxito, y entonces concluyo: Las familias maltrechos nidos colgando de carcomidas ramas en un bosque de disimulado fastidio cotidiano “.
Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista.

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