miércoles, 4 de septiembre de 2013

La Muerte de Emiliano Zapata

La Muerte de Emiliano Zapata
Texto y Fotografías de Manuel Peñafiel

Manuel Penafiel
La heroica imagen de Emiliano Zapata persistirá por siempre.
Fotografía © Manuel Peñafiel 
Gabriel Zapata acostumbraba levantarse al amanecer, su acongojado cuerpo le mortificaba, no por la edad, sino por el resentimiento y el rencor; aquel desasosiego era mitigado por el dulce café de olla preparado por su esposa Cleofas. Con recias manos Gabriel conducía la yunta con la cual araba el terruño que apenas le permitía ir malpasándola con su familia. Los hacendados se habían apoderado de sus demás parcelas, arrebatándoselas arbitrariamente con el descaro de quienes tienen comprada la Ley. Solían cambiar de lugar las mojoneras que deslindaban las propiedades de cultivo, a los campesinos se les había empujado a la deriva, en cambio los ricos poseían los mejores pastizales y mediante compuertas controlaban el rio, el agua que antes era para todos, se racionaba al capricho de los latifundistas. Emiliano había visto como a su padre le habían citado varias veces para aquellas diligencias judiciales encaminadas a despojarlo de sus predios. Una árida mañana, el niño de ocho años, le dijo: Yo haré que nos devuelvan las tierras. El presidente de la República Mexicana en aquel entonces era Porfirio Díaz, tiempos durante los cuales se incrementó la inversión extranjera, con este flujo de capitales la calidad de vida aumentó para las familias en el poder, pero los explotados obreros padecían sin derechos laborales, y junto con los labriegos vivían en rústico purgatorio tolerando sumisamente la humillación con tal de ganarse el sustento diario. A los dueños de las fincas les pertenecían las tiendas de raya, en donde se les vendía a los peones toda clase de mercancía para su supervivencia, incluyendo los aperos de labranza, a cuenta de su salario por devengar. Los aldeanos persistían endeudados con cuentas que crecían haciéndose impagables. Los hacendados abusando del analfabetismo de sus jornaleros inflaban la carga contable con este cinismo: 10 que te apunto, 10 que te dí y 10 que debes, tu adeudo es de 30 pesos. Caminando un día por los senderos de Anenecuilco, el muchacho Emiliano se topó con un maltrecho trabajador del campo, al preguntarle que le había sucedido, el peón abrió la rota camisa de manta para mostrar su pecho herido; había sido sorprendido cortando pastura para alimentar a sus animales, cosa que estaba prohibido hacer, de esta manera los hacendados provocaban que el ganado de los lugareños se mermara aprovechando para comprarlo a bajo precio. Emiliano después de escucharlo, le indicó: Mañana vuelve al mismo sitio a cortar zacate, que yo me encargaré de lo demás. Al otro día el iracundo capataz sorprendió al peón, gritándole: ¿Qué haces indio pata rajada? Ya te advertí que ustedes los mugrosos no pueden disponer del pastizal. Cuando el caporal se disponía a arremeter con su fuete, Emiliano salió de su escondite cortando con su machete las riendas del caballo y golpeándolo en el anca, el verdugo perdió el control de su montura cayendo al suelo. Emiliano le arrebató el fuete y le dió una tunda, cuando acabó le dijo: Para que sientas lo que se siente.

Manuel Peñafiel
Portada del libro Emiliano Zapata, 
del documentalista y escritor Manuel Peñafiel.
En Anenecuilco se redactaron varias cartas dirigidas a Porfirio Díaz en las cuales se reclamaba la tenencia de la tierra y la justa remuneración al trabajo. Pero lejos de impartir la justicia las autoridades gubernamentales tomaban represalias en contra de quienes se atrevían a exigir sus derechos. Fue entonces que a la usanza indígena se reunió el Consejo de Ancianos presidido por el viejo patriarca, sus ánimos ya estaban desgastados. Era necesario elegir entre los pobladores a un impetuoso dirigente con el arrojo suficiente para recuperar las parcelas de cultivo. En Emiliano Zapata cayó la arriesgada empresa. El joven prócer reunió a la gente en el atrio de la iglesia, donde con firmeza les dijo: Hemos decidido reclamar la tierra por la fuerza de las armas; esto fue precisamente lo que los ultrajados campesinos deseaban escuchar. Algunos fueron a sus jacales por escopetas de cazar liebres y palomas, otros desempolvaron vetustas carabinas, los demás se armaron con lo que pudieron, el tridente y el machete también eran buenos para abatir  a los opresores. La hueste de Emiliano Zapata creció rápidamente, la misma gente lo ascendió a General de la Tropa, así cabalgó al frente de su numeroso ejército luchando por una vida digna para los desprotegidos. La contienda fue cruenta, no había que comer, algunas de las valientes mujeres que acompañaban a sus hombres improvisaban insípidos guisos de tlacuache sin sal, la correosa carne la comían en tacos hechos con las hojas del elote. Las tropas populares marchaban bajo recios aguaceros rogando porque pronto amaneciera para que los rayos del sol secaran sus empapadas ropas.

Manuel Peñafiel
Los veteranos zapatistas Valeriano Villamil y su esposa Paula Ayala,
decoraban su pobre casita con un cartel del General Emiliano Zapata.
Fotografía © Manuel Peñafiel 
La Revolución Mexicana iniciada en 1910 duró diez años, durante los cuales millares de mexicanos fallecieron. Venustiano Carranza llegó a la presidencia, muchos revolucionarios en otras partes del país ya se habían desbandado, no así Emiliano Zapata, quien negaba someterse hasta ver cumplidos los postulados de su Plan de Ayala. El Caudillo del Sur no había olvidado el clamor de gente al iniciar la lucha: Tierras, Aguas, Bosques, Justicia y Libertad. Pero a Venustiano Carranza le estorbaba aquel valiente jinete, a quien despectivamente llamaba indio insurrecto; así que encargó la Campaña del Sur en contra de Emiliano al General Pablo González, quien se apoderó de Cuernavaca. Para eliminar a Zapata, Pablo González y Luis Patiño fraguaron un plan para hacerle creer que el Coronel Jesús Guajardo había desconocido al gobierno carrancista. Guajardo envió diversa correspondencia con falsos ofrecimientos, y Emiliano creyó en el impostor, entonces le ordenó el ataque a Jonacatepec, se simuló la contienda, pero en realidad no hubo tal combate, sino que los falsos aliados de acuerdo con Guajardo entregaron la guarnición. Emiliano erróneamente pensó de que Guajardo también buscaba el triunfo de la Revolución Mexicana, y se entrevistó con él para unir esfuerzos. Cabalgaron juntos durante varios días, pernoctando en Tepalcinco donde Guajardo se fingió enfermo, Zapata al despedirse le ordenó a Guajardo que concentrara sus tropas en la Hacienda de Chinameca, tal como lo hizo al día siguiente, aquel fatídico 10 de abril de 1919. Esa misma mañana Guajardo hizo correr la voz de que se presentaba enemigo a la vista, Emiliano subió a la Piedra Encimada donde constató que no había peligro, mientras tanto, Guajardo aprovechó la ocasión para situar su milicia en lugares estratégicos y cortar así la comunicación entre las tropas zapatistas. Cuando aún se encontraba Emiliano en la Piedra Encimada, recibió invitación de Guajardo para comer en la hacienda con el pretexto de tratar lo relativo a los abastecimientos. Montando su caballo alazán que había sido obsequio del mismo Guajardo el día anterior, Emiliano se dirigió a Chinameca, quedándose el resto de su confiada gente bajo la sombra de los árboles. La mercenaria guardia contratada por Guajardo, parecía preparada para hacerle honores de acuerdo a su rango de General al Mando. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, los soldados que presentaban armas descargaron dos veces sus fusiles sobre Zapata a quemarropa. La traición se abatió sobre el moreno jinete derribándolo bajo cobarde granizo de metal. El Caudillo del Sur rodó acribillado, las impunes balas rasgaron su piel, violando sus fornidos músculos. Candente plomo abrió vísceras y arterias, sus pulmones estallaron, los huesos se astillaron en pedazos sordos, los proyectiles que le atravesaron salieron floreando la carne con empapados pétalos. Emiliano sintió como si groseros dedos lo empujaran del caballo, pero aquello no era un empellón, sino la fuerza de los tiros. Cayó aquel bravo hombre a la burda tierra, dentro de su cuerpo se desparramaba una laguna muda y carmesí. Emiliano no podía creer lo que estaba sucediendo, lo habían traicionado suciamente, como todas las bajezas infestadas en los albañales del gobierno mexicano, sintió rabia, pero no pudo pensar mucho en eso, el dolor era tan penetrante que le pareció que sus miembros se desprenderían como lágrimas de roja tuna. Le flageló la congoja, su expiración lo tomó por sorpresa, su final había llegado pero no el de su tarea, allá en los polvosos muladares los niños mexicanos seguirían muriendo en la miseria, continuaría la corrupta infección burocrática, persistiría la indolencia del gobierno y de muchos citadinos que viven en acomodaticio espejismo, evadiendo la tragedia de los marginados. Emiliano Zapata pensó en su propia familia, recuerdos hinchados de pobreza. Creyó estar soñando, cabalgando libremente, pero aquello no era un sueño, inútilmente trató de aferrarse a la existencia, su encomienda no había concluido, sus paisanos le habían encargado la restauración de su honor, y el derecho a una vida decorosa. Pero aquellos insolentes disparos lo habían perforado, su vida se le escapaba huyendo cual jilguero a inalcanzable rama, se quiso afianzar a algo para no sucumbir en aquel pozo que ya se estaba poniendo frío, pero sus agarrotadas manos no le obedecieron, no se pudo asir a algo, cayó hondo hacia el obscuro vacío que viene trás la muerte. Emiliano Zapata sintió que moría, y ya no pudo levantarse.
Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista
Fragmento de su libro: Emiliano Zapata Un valiente que escribió historia con su propia sangre - Testimonios de los veteranos del legendario Ejército Libertador del Sur y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Librerías EDUCAL

No hay comentarios:

Publicar un comentario