lunes, 9 de septiembre de 2013

Una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata

Una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata

Texto y Fotografías de Manuel Peñafiel


Manuel Peñafiel
Ana María Zapata y Juana María Villa frente al retrato
de Emiliano Zapata. Fotografía © Manuel Peñafiel
Durante la filmación de mi documental Los Últimos Zapatistas, Héroes Olvidados, conocí a doña Ana María Zapata Portillo, reconocida oficialmente por el general Emiliano Zapata Salazar como su hija, y quien murió el 28 de febrero pasado a los 95 años. En esa ocasión decidí abstenerme de incluirla en esta obra cinematográfica, debido a que en mi documental quise darle prioridad a los combatientes que cabalgaron junto al Caudillo del Sur, aún así desde aquel entonces permaneció en mí el deseo de capturarla fotográficamente en el futuro. Esto sucedió durante las postreras semanas de filmación de mi segunda película Pancho Villa, la Revolución no haterminado, a este material filmado acerca del movimiento revolucionario dirigido por El Centauro del Norte, yo deseaba entrelazarlo fílmicamente con la gesta del Ejército Libertador del Sur, emprendida por Emiliano Zapata Salazar, así que después de comprobar la cordialidad de Ana María Zapata y la afabilidad de Juana María Villa, hija del revolucionario duranguense, pensé que al unir las imágenes de estas dos singulares mujeres, podría entonces ratificar visualmente la hermandad de principios éticos y humanos que cohesionaron los ideales de las dos figuras más prominentes de la Revolución Mexicana de 1910, Emiliano Zapata y Francisco Villa.

Fue el 14 de enero del año 2006, cuando a mi esposa Irma García Xochiquetzalli y a mí, nos fue posible organizar una reunión con Juana María Villa y Ana María Zapata, en la casa del hijo de ésta última,  Manuel Manrique Zapata y de su nuera Raquel, situada en la Heroica Ciudad Cuautla de Morelos.

Juana María Villa, cuya piel translúcida era similar a los afligidos pliegues de nuestra bandera nacional, en esta ocasión llegó con sus mejillas encendidas debido al calor, ella vivía en la colonia Linda Vista al Norte de la Ciudad de México, así que arribar a Cuautla le tomó más de dos horas.

Cuando Angelita su dama de compañía le abrió la puerta del automóvil en que la trajo, Juanita Villa, debido a su avanzada edad, mostró suma dificultad para descender del vehículo, fue conmovedor entonces, ver la manera en que Anita Zapata, otra ancianita igualmente deteriorada, se aprestó a ayudarla, dudé en asistirlas o continuar retratándolas, después de titubear, opté por lo segundo.

Nuestros anfitriones Manuel y Raquel, habían preparado una sabrosa comida para recibirnos a mi esposa Irma García Xochiquetzalli y a mí, a pesar de las ricas viandas puestas sobre la mesa, yo había perdido el apetito, tener frente a la lente de mi cámara a las descendientes directas de Pancho Villa y Emiliano Zapata, sería un acontecimiento irrepetible, ésta era la causa de mi inquietud, mi compromiso profesional era lograr una elocuente imagen de las dos mujeres juntas, el propósito era documentar fílmicamente la armonía existente entre Juana María Villa y Ana María Zapata, esa simpatía representaba la resonancia de aquella espontánea fraternidad que sintieron uno por el otro, Pancho Villa y Emiliano Zapata, sus dos hijas juntas, eran el eco de la analogía de ambos mártires respecto a sus sentimientos patrios.

Manuel Peñafiel
    Ana María Zapata y Juana María Villa con la antigua fotografía de Pancho Villa
       y Emiliano Zapata,tomada en el Palacio Nacional en noviembre de 1914.
                                          Fotografía de Manuel Peñafiel
Ese día, incontables veces disparé mi aparato fotográfico y con la otra cámara filmé en videograma otros tantos relatos de Juanita Villa y Anita Zapata, pero las imágenes que yo había recolectado hasta el momento, solo mostraban a dos viejecitas, considero que la fotografía debe hablar por sí misma, así que yo necesitaba una que dijera, ellas son las hijas de dos gigantes.
Así que se me ocurrió darles una reproducción de aquella antigua fotografía tomada en Palacio Nacional, donde aparece Pancho Villa sentado en la silla presidencial y a su lado se encuentra Emiliano Zapata, cuando Ana María Zapata tomó aquella histórica instantánea, sus ojos despidieron una chispa, y sin dejar de sonreír, le exclamó a Juana María Villa: ¡Mira hermana, aquí están nuestros papacitos juntos!

Después de obtener la fotografía de Juana María Villa y Ana María Zapata, sujetando el retrato de sus padres realizado aquel lejano mes de noviembre de 1914, cuando ambos generales entraron con sus tropas a la Ciudad de México, solo entonces me sentí menos tenso, dicha escena contenía lo que yo deseaba mostrar, el hecho de que a pesar de separarlos miles de kilómetros, Emiliano Zapata y Pancho Villa se sentían cerca uno del otro, esta verdad la confirmaban sus hijas, quienes también se sentían íntimamente unidas.

Capturada ya la fotografía que perseguía yo de ambas viejecitas, me relajé y comencé a charlar con ellas, Anita Zapata se mostró entusiasmada cuando le mostré el libro de mi autoría intitulado Emiliano Zapata, un valiente que escribió historia con su propia sangre. Al ver la portada cuya fotografía muestra los pies del soldado zapatista Marcelino Anrrubio, Ana María Zapata, suspiró al decirme: Mi padre el general Zapata para cabalgar usaba sus botines charros, pero cuando trabajaba en la parcela acostumbraba usar unos huaraches parecidos a estos, a los que aquí en Morelos les llamamos de tres tiras de cuero.

Manuel Peñafiel
Juana María Villa y Ana María Zapata con el libro Emiliano Zapata 
publicado por Manuel Peñafiel. Fotografía del mismo autor.
Luego la hija del Caudillo del Sur, muy pausadamente, comenzó a hojear el libro, tratando de reconocer los rostros de aquellos zapatistas que habían peleado junto con su padre durante la Revolución Mexicana de 1910, por algunos momentos se detenía ante algún retrato murmurando consigo misma: A este señor lo conocí, pero ahora los años lo han cambiado, ahora todos estamos decrépitos, igual que los ideales zapatistas jamás cumplidos, pero sí traicionados por la corrupción, aquellos que vivimos la Revolución Mexicana, envejecimos escuchando repetir las falsas promesas de presidentes y gobernadores. Estoy de acuerdo con usted Anita, le respondí:
Esa es la razón por la que en enero de 1999, mientras me encontraba filmando las entrevistas que conformarían mi documental acerca de los últimos zapatistas, escribí en el suplemento Nuestra Generación coordinado por Amy  A. Castillo Salazar para el periódico La Unión de Morelos, un artículo que describía mi enorme pesar, al ser testigo de las miserables condiciones en las que terminaron sus días aquellos revolucionarios, a este ensayo lo intitulé Héroes Olvidados, esta frase más tarde la utilicé para enfatizar el propósito de mi película.

Manuel Peñafiel
Ana María Zapata y Juana María Villa rememorando a sus padres los revolucionarios
Emiliano Zapata y Pancho Villa. Fotografía de Manuel Peñafiel
Cuando llegamos al epílogo de mi libro Emiliano Zapata, un valiente que escribió historia con su propia sangre, en cuyas páginas describo la muerte de Emiliano Zapata, su hija Ana María, me pidió:
Hágame el favor de leerme lo que usted escribió acerca de la forma ruin en que asesinaron a mi padre, si lo hago yo me pongo a llorar ahorita mismo, no tanto de tristeza, sino de ira. De las arrugadas manos de Ana María Zapata Portillo, última hija sobreviviente del Caudillo del Sur, tomé el ejemplar y comencé a leer: 

Jesús Guajardo, quien ya había recibido órdenes de Venustiano Carranza para cometer el homicidio, instruyó al regimiento que aguardaba a Emiliano Zapata aquel día en la Hacienda de Chinameca, los mercenarios federales parecían preparados para rendirle la salutación correspondiente al rango del visitante. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, los milicianos que presentaban armas al general revolucionario le descargaron dos veces sus fusiles a quemarropa. La vileza se abatió sobre aquel gallardo jinete derribándolo bajo cobarde granizo de metal disparado a mansalva. Las inmundas balas rasgaron la piel del Caudillo del Sur, violando sus fornidos músculos. El plomo caliente se abrió paso entre vísceras y arterias, al derrumbarse aquel hombre bravío sobre la burda tierra, sintió que a su cuerpo lo anegaba una laguna muda y carmesí. El cerebro de aquel combatiente se negaba a aceptar lo que le estaba ocurriendo, lo habían traicionado, así suciamente, como se cometen las perfidias incubadas en los albañales del gobierno. Por un quebrado instante pensó en sus padres, y en su propia familia, sus recuerdos estaban hinchados de pobreza. Creyó estar delirando, cabalgando libre sin ataduras, pero esa borrosa alucinación se fragmentó febrilmente, aquel incorruptible ser humano inútilmente trató de aferrarse a la vida, su encomienda no había terminado, sus paisanos le habían encargado la restauración de su honor y el derecho a rememorar biografías decorosas. Pero aquellas impunes ráfagas lo habían perforado, su existencia se le escapaba volando igual que el pájaro cenzontle a inalcanzable rama.

Irma García Xochiquetzalli
Manuel Peñafiel autor de los documentales Los Últimos Zapatistas, Héroes Olvidados,
y Pancho Villa, la Revolución no ha terminado. Fotografía Irma García Xochiquetzalli
Con intuitiva gallardía trató de no sucumbir en aquel pozo que ya se estaba poniendo frío, pero sus manos estaban agarrotadas, no podía asirse de nada, caía hondo hacia el obscuro desfiladero que trae la agonía, solo la muerte fue capaz de impedir que Emiliano Zapata montara de nuevo su caballo.
Ana María Zapata al escuchar mi prosa, detuvo la lectura, sus ojos refulgían lacrimosos, sin embargo, no permitió que ninguna gota escapara, me sorprende lo que de usted escucho, me dijo con voz casi inaudible:
Parecería que usted estuvo ahí, luego ya no dijo más, estrechando mi mano al despedirse, agregó: Gracias por narrarle una vez más a la gente, la valerosa honestidad que siempre poseyó mi padre, el general Emiliano Zapata Salazar.

Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli, Ana María Zapata, Juana María Zapata y Manuel Peñafiel. 
Arriba: Manuel Manrique Zapata y su esposa Raquel. Fotografía © Manuel Peñafiel

Invariablemente cuando una fuerte emoción me subyuga, ya sea de enojo o tristeza, mis pensamientos se atropellan incapaces de articular verbalmente a mis ideas, así que al escuchar de Ana María Zapata estas palabras, atropelladamente le respondí a la hija de aquel prócer: Usted no tiene que darme las gracias, yo soy el que debo estar agradecido por haber hallado el privilegio de convivir con los últimos zapatistas, yo soy solamente un fotógrafo haciendo disparos en contra del olvido.

Fotógrafo, escritor y documentalista.

Galardonado Internacionalmente por el Contenido Histórico y Social de su Obra.
Marzo del 2010 



1 comentario:

  1. Sr. Peñafiel, lo felicito por sus trabajos, es interesante ver el seguimiento que le da a los personajes y acontecimientos que cambiaron la vida de México, ¡Felicidades!. Al ser esta la única forma que encontré de contactarlo, por este medio entonces le menciono que en la fotografía en la que están usted y su esposa junto con la Sra. Ana María Zapata, su hijo, su nuera y la Sra. Juana María VILLA, el apellido de esta última está mal plasmado.

    ResponderEliminar