martes, 5 de noviembre de 2013

El Museo Grévin, sinfonía de ecos y pensamientos

El Museo Grévin, sinfonía de ecos y pensamientos
Texto de Manuel Peñafiel
Fotografías de Manuel Peñafiel / Irma García Xochiquetzalli



Irma García Xochiquetzalli
El Principito y Manuel Peñafiel son entrañables amigos cósmicos 
nutridos ambos por la luminosidad proveniente del Universo.
Foto Irma García Xochiquetzalli
A finales del Siglo XIX, época en que la prensa escrita empleaba poco la fotografía, el periodista Arthur Meyer, fundador del diario Le Gaulois, anhelaba ilustrar en tres dimensiones a los personajes que protagonizaban los hechos del momento; incitado por su entusiasmo de reportero, acudió al escultor, diseñador y sastre Alfred Grévin, quien desbordó sus talentos en erigir representaciones en cera de la gente sobresaliente en su actividad profesional, contando además con la decoración estilo barroco patrocinada por el financiero Gabriel Thomas, el éxito fue rotundo desde la apertura del museo en 1882. Actualmente el deslumbrante talento de los sucesores de Grévin ha logrado reunir una colección de seis cientos de figuras ordenadas en escenas; esta institución ha recogido significativos episodios históricos, y momentos de la popularidad efímera de aquellos ligados a la diversión, y la política, así como los hechos culturales y científicos transcendentales, que van desde la historia de Francia hasta la contemporaneidad, su acervo total es de tres mil efigies.


Irma García Xochiquetzalli
Los filósofos Jean - Paul Sartré y Manuel Peñafiel coinciden 
en que el destino del ser humano depende de sí mismo.
Una de las celebridades con quien ahí me topé, fue Jean – Paul Sartre, él se encontraba revisando uno de sus libros en el Café Flora, sitio favorito para conversar de él,  y de su pareja la escritora Simone de Beauvoir. El filósofo con tenue ademán me invitó a sentarme a su lado, pidió al mesero una taza de café espresso, y después de un pausado sorbo y una prolongada fumada a su cigarrillo, comenzó a decirme: Puesto que dios no existe, no existe la naturaleza humana, el hombre no tiene esencia, es lo que él mismo se ha hecho. El hombre es responsable de si mismo y de todos los hombres, somos responsables de nosotros mismos porque lo que somos depende de lo que hemos querido ser, no de un destino divino, pero somos también responsables de los demás porque nuestras acciones comprometen a la humanidad entera. La libertad humana trae consigo los sentimientos de angustia, desamparo y desesperación. Angustia ante el hecho de que es uno mismo el responsable de sí mismo, desamparo porque la elección se hace en soledad. Eso que usted dice, lo deduje instintivamente durante el transcurso de mi existencia, le repuse a Sartre, y estoy de acuerdo con usted; comentándole que los seres humanos no aceptan su cobardía al negar su responsabilidad en cada acto de su vida, delegando el acontecer de los sucesos a inexistentes divinidades imaginadas por mitologías religiosas. A la mayoría de los seres humanos les aterra la soledad, por lo tanto, se consuelan pensando que allá arriba en el cielo vive un padre omnipotente y protector. La libertad es doloroso trofeo, pero bien vale la pena luchar para conseguirlo, sin embargo, pocos son los que se atreven a cavar con desnudas manos hacia el interior del laberíntico razonamiento, para después de la interna lucha, disfrutar la pulida gema autónoma y repelente al cautiverio que imponen las religiones, y la prejuiciosa sociedad, carnavalillo de disfraces confeccionados con falsas actitudes, agregué finalmente. Concuerdo con su filosofía, monsieur Peñafiel, repuso Sartre, no hay otro legislador que el hombre mismo. Para el existencialismo sólo hay realidad en la acción, el hombre existe en la medida en que se realiza, es el conjunto de sus actos y nada más. Este pensamiento es duro para aquellas personas descontentas con lo que son, pero en cambio, el existencialismo es optimista, pues declara que el destino de cada uno de nosotros está en nuestra mano, dejando a un lado nuestra miseria para realizar nuestro proyecto, el héroe no nace héroe, se hace héroe, concluyó aquel filósofo de gruesas gafas, antes de despedirnos, ya que aún faltaban muchas personas a las que yo deseaba saludar. 


Irma García Xochiquetzalli
Ernest Hemingway y Manuel Peñafiel son escritores que han llevado 
la carga de la tragedia sobre sus hombros. Foto Irma García Xochiquetzalli
Por lo tanto, me dirigí a la cantina Le trou dans le mur, donde estaba seguro de que hallaría a Ernest Hemingway; cuando entré a dicho lugar, el escritor llevaba varias horas de estar ingiriendo licores, así que no me sorprendí cuando me saludó con una mezcla de inglés, español y francés. Veo que vives igual al título de tu novela París era una fiesta, le dije. ¿ Qué quieres que haga ? , replicó. Mi psicoanalista es mi máquina de escribir, y cuando no la tengo cerca, de alguna manera tengo que apaciguar a mi cerebro atribulado por traumas y tragedia. Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callar. De niño mi neurótica madre me vestía de mujer, llamándome Ernestina, y el bofo de mi padre no tuvo el carácter para impedir tal aberración, en cambio descargaba su frustración personal infringiéndome castigos físicos. Él era ginecólogo, ¿ cómo olvidar la ocasión en que me pidió acompañarlo a un difícil parto ? Aquella mujer gritaba de manera tan atroz, que su marido se quitó la vida al no resistir tal agonía. El cobarde de mi padre se suicidó agobiado por una enfermedad incurable. Durante las guerras en las que participé como chofer de ambulancia y corresponsal de guerra, ví a la muerte desmembrar a civiles y a soldados, yo mismo estuve a punto de morir en la Guerra Civil Española; después de esa masacre a la idea republicana, escribí Por quién doblan las campanas, con la cual intenté demostrar que la pérdida de libertad en cualquier parte del mundo, es señal de que la libertad se encuentra en peligro en todas partes. Pero, tú Peñafiel, no te has sentido derrotado, y aún compones melodías fotográficas. Ernest, continuó con su chispeante charla: Por cierto, déjame decirte que un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría mejor sabor. Y luego, exclamó: Hey, mexican artist !, aprovechando que estás aquí, regálame uno de los puros veracruzanos que sueles disfrutar, y pide una copa para acompañarme, sé que te gusta el vodka en las rocas, manifestó mi barbado amigo. Eso bebía yo cuando vivía en la Ciudad de México, ahora en París disfruto la champaña, y cuando regrese a Cuernavaca, celebraré con pulque o mezcal mi retorno a casa, le aclaré.  Aguardé a que Ernest encendiera con un cerillo de madera mi aromático obsequio, y mientras las volutas de humo emergían de su boca, aproveché para decirle que no podía acompañarlo en las delicias etílicas, debido a que aún faltaban personas a quien yo deseaba visitar. Bueno, tú te lo pierdes, me respondió Hemingway, pero si regresas a París, ya sabes donde encontrarme, frecuentemente me hospedo en el Hotel Ritz, o acude a esta misma taberna Le trou dans le mur, por cierto, ¿ sabes lo que significa el nombre de este bar ?. El hoyo en la pared, respondí. Hemingway me detuvo aferrándome del brazo, y con agrio susurro, me confesó al oído: Un hoyo es lo que un día le haré a mi cabeza con una escopeta, cuando mi depresión se torne intolerable. No digas eso, le amonesté severamente. Pero ahora que mencionas los disparos, es imperdonable que te guste la cacería, y halles placer matando bellos leones africanos. Ernest me dio la espalda, apuró el contenido de su vaso, y malhumorado gruñó: Creo que me paso el tiempo cazando animales y peces para no matarme a mi mismo. El funesto presagio de aquel prolífico escritor, me entristeció. De vuelta a su casa, Hemingway cumplió la sentencia; asentó la frente contra los cañones de su escopeta, dispersando su talentoso cerebro en grotescas manchas sanguinolentas y viscosas por toda la habitación, esto sucedió al alba, su trastorno bipolar maniaco depresivo lo arrastró durante el polo matutino, periodo de mayor malestar y desplome anímico al comenzar el día.


 Manuel Peñafiel
La Iglesia Católica Apostólica y Romana ha sido 
una organización hipócrita, perversa, criminal y lucrativa
 a lo largo de la historia. Foto Manuel Peñafiel
La Vida es una canasta rota, cuando el ser humano acumula ciertos logros, un hueco en la personalidad los deja escapar, el talento es la piel desnuda de los sentimientos, una nube los puede acariciar, sin embargo, las espinas de la mente se clavan durante las insomnes noches. La         inteligencia es hermana de la insatisfacción, medité ásperamente.
Las tortuosidades de la historia me condujeron a las mazmorras de la Santa Inquisición, los lamentos de los cautivos desgarraron la decencia humana, la religión católica es la más infame organización que haya existido, su codicia es tal, que ha torturado y asesinado a incontables inocentes con el propósito de mantener su poderío económico y político, sin embargo, los incultos feligreses rechazan ilustrarse en la enciclopedia de la sangre, millones de católicos son torpes siervos al servicio de la malignidad oculta tras incienso de rapiña, deambulan en la idiota evasión de que al interior del Vaticano, monasterios y conventos la perversidad amasa su diaria eucaristía. Decepcionado, he repudiado a la mayoría de mi familia, la cual semejante a ganado bovino, acude a los templos a rumiar estupideces dogmatizadas con estiércol. ¡ Cantar en el altar y violar niños en la sacristía, repugnante hipocresía !.
Durante la Edad Media, el Santo Oficio arrinconó a los judíos para despojarlos de sus bienes, decenas de mujeres terminaron en la hoguera acusadas de practicar la brujería, todo aquel individuo anhelante de progreso intelectual era perseguido por los psicópatas sacerdotes, aquellos desdichados encarcelados por el obscurantismo, eran sometidos al suplicio para arrancarles una supuesta confesión expulsada por dolor irresistible, esos crímenes persisten elocuentes dentro del Museo Grévin.


Manuel Peñafiel
Irma García Xochiquetzalli, en compañía de Leonardo Da Vinci,
Para alejar de mi mente a la amargura, busqué la reconfortante compañía de mi esposa Irma García Xochiquetzalli, el vistoso atuendo maya tzotzil que lucía aquel día, me ayudó a distinguirla en compañía de Leonardo Da Vinci, ella se encontraba atenta a las explicaciones de aquel luminoso protagonista del Renacimiento, durante el cual, la curiosidad humana y el hambre de progreso se despojaron del yugo religioso. Cuando llegué a su lado, Leonardo Da Vinci, pintor, hombre de ciencia y escultor, le mostraba a mi esposa Irma una cápsula bélica acorazada, desde donde era posible que los soldados apostados en su interior disparasen sus fusiles contra el enemigo, este invento fue uno sus tantos otros que han perdurado hasta la actualidad. Después de su interesantísima ilustración que abarcó conocimientos anatómicos y proyectos aerodinámicos, Da Vinci le pidió a mi esposa Irma que tuviese la gentileza de posar para él, la idea me entusiasmó, por lo tanto decidí dejar al genio Leonardo pincelar a solas, y reunirme posteriormente con mi mujer. Sin embargo, la hediondez del clero católico persistía, a pesar de haber dejado atrás las épocas antiguas, mis pies se hundieron en las cenizas de miles de judíos quemados en los hornos nazis, a sabiendas del Papa Pío XII, quien guardó despreciable silencio, mientras la solución final alemana también eliminaba a miles de gitanos, por lo que la gente lo apodó el Papa de Hitler, después escuché los disparos ordenados por el golpista Francisco Franco para eliminar a los republicanos en España, apoyado en su dictadura por los Papas Pío XII, Juan XXIII, y Pablo VI, quienes lo consideraba un buen católico, mis oídos se crisparon con los gritos de los torturados en las prisiones militares de Augusto Pinochet, mientras el dictador abrazaba a Juan Pablo II, encubridor de sacerdotes pederastas, los gemidos de los prisioneros del tirano Rafael Videla, fueron ignorados por el entonces anodino cura Jorge Mario Bergoglio, recién electo Papa Francisco I, otro actor en la farsa de la caridad cristiana, a la cual asisten millones de mujeres insatisfechas, y hombres que escupen sus delitos en el confesionario realizando la monetaria transacción llamada absolución de los pecados. Todo aquello me sofocaba, necesitaba salir de ahí, y con la fuerza del deseo me transporté a un lejano planeta, donde El Principito cálidamente me recibió, eres bienvenido a mi mundo, yo conozco el tuyo, llamado La Tierra, ahí conocí a mi autor el aviador francés Antoine de Saint – Exúpery, con quien mantuve profundas conversaciones, me explicó aquel lindo anfitrión. Muchas gracias, la hospitalidad honesta es el hogar, donde bien podría caber toda la Humanidad despojada de codicia y egoísmo, le respondí al Principito. Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos, agregó él, y continuó diciendo, todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan. Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Concuerdo otra vez contigo, repuse al Principito, yo pienso que la ciudad y el pueblo nuestras casas son y la foresta su jardín, mantengamos digno nuestro hogar e inmaculada la vegetación. 
Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel y su reina Irma García Xochiquetzalli han conquistado un territorio, 
donde ambos han sembrado semillas de optimismo y libertad. Foto Manuel Peñafiel

La mente es intrincado bosque, la vereda hacia el verdor depende de nosotros. Si tu piel es morena tienes suerte, el Sol quiso estar cerca de ti. Autoconfianza es invencible mariposa, no permitas que dudas y angustiantes pensamientos perturben su vuelo, concluí. El Principito me platicó que alguien le dijo, bebo para olvidar que soy un borracho. Los cautivos sufren, respondí, y le relaté otro incidente, un drogadicto le preguntó al alcohólico, ¿ qué sientes cuando bebes ? Ya olvidé, respondió el borracho, y el adicto agregó, a mí me duele recordar. Luego continué diciendo, la auténtica libertad es poseer alas sin tener la necesidad de desplegarlas para huir de la realidad consumiendo alcohol o estupefacientes; al final de tan nebuloso vuelo caeremos quebrando la brújula de nuestro verdadero destino. ¡ Eso que dices es cierto !, exclamó El Principito, lo deberías escribir. Animado por su entusiasmo, le respondí que al volver a casa transcribiría este relato para enviárselo a José Antonio Gaspar Díaz, incansable y tenaz coordinador del suplemento cultural Bajo El Volcán, con la esperanza de que dentro de sus páginas hallase sitio. Seguramente lo hará, me aseveró alegremente El Principito, antes de despedirnos dándonos un perdurable abrazo cósmico.
Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista