martes, 7 de enero de 2014

Un anciano parlanchín


Texto y Fotografías de Manuel Peñafiel

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel y su esposa Irma García Xochiquetzalli ante las colosales
pirámides de Egipto. Fotografía ©Manuel Peñafiel
El amable egipcio sujetó la rienda de su dromedario arrodillado para que mi esposa Irma lo trepase, luego me indicó que yo hiciera lo mismo, sin advertirme que el temperamental jorobado súbitamente se levantaría al sentir mi intruso peso, al incorporarse nerviosamente sobre sus cuatro largas patas, el brusco movimiento provocó que la cámara fotográfica colgante de mi cuello golpeara mi pecho, y a punto estuve de caer de bruces. El árabe que nos alquiló a su animal parecía divertido con lo sucedido, y solo después de pagarle por adelantado, le entregó a mi mujer la brida de la parsimoniosa bestia que nos llevaría sobre anchas pezuñas a recorrer la Necrópolis de Giza, donde el sol hacía su ocaso. Al corto rato, aquel animal se reconcilió con nosotros y empezó a trotar sobre la espesura granulosa del Sahara, levantada ocasionalmente por el fugaz galope de los jinetes nómadas Badawi; después de que la arena se asentó, vislumbramos a un vivaracho anciano aproximarse sobre el horizonte. Cuando lo tuvimos cerca pudimos comprobar que él no era nativo de aquellas tórridas regiones, su piel era casi transparente similar al mármol, su luenga barba le caía en torrentes níveos sobre el tórax, sus penetrantes ojos chispeaban inquietos, tuvimos la sensación de que un ancestral vendaval acariciaba las interminables dunas. Los veo interesados en estos colosales monumentos, nos dijo con tersa voz, al momento que señalaba aquellos gigantescos conos. Si me permiten, yo he averiguado su origen, y abundante placer me proporcionará compartir con ustedes mi sapiencia. Adelante, respondí, mi mujer Irma García Xochiquetzalli y yo, nos sentiremos honrados de que usted comparta sus conocimientos con nosotros, le dije al tiempo que desmontábamos al dromedario, el cual, con largas y rizadas pestañas negras parpadeó agradecido.

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel y su esposa Irma García Xochiquetzalli en la Necrópolis de Giza.
Fotografía ©Manuel Peñafiel
 
El anciano señaló la pirámide más alta, diciéndonos, que aquella la había mandado construir el Faraón Jufu, al que en mi idioma llamé Keops. Al escucharlo, sonreí para mis adentros censurando la petulancia de aquel viejezuelo, que sin duda divagaba o trataba de impresionarnos, y se lo hice notar a mi esposa Irma, es sólo un anciano parlanchín, buscando una propina, le comenté en un susurro. Aquel hombre calvo, al notar mi sarcasmo, me amonestó. Además de ignorante, impertinente lo eres tú, al mofarte de mis canas. ¿ Deseas o no, que les narre lo que yo sé ?. Le ruego me disculpe, prosiga, prometo no volver a interrumpirlo, respondí aún incrédulo. El orgullo ofendido de nuestro guía, causó que desde ése momento, solamente mirara a Irma, ignorándome cuando continuó diciendo, antes de tu grosera interrupción, estaba yo explicándole a esta encantadora joven, que la Gran Pirámide, la mandó erigir Keops, y para levantarla se requirieron veinte años; durante su reinado precipitó a los egipcios a la total miseria, ordenó la clausura de los templos y prohibió ofrecer sacrificios, junto con el mandato, de que cualquier varón capacitado trabajase arrastrando piedras desde las canteras del Monte Árabigo hasta el Río Nilo, para de ahí, transportarlas sobre barcas. Los albañiles trabajaban trimestralmente en grupos de cien mil hombres. El pueblo padeció diez años para concluir el camino sobre el cual, los bloques de granito conformarían la calzada ceremonial hacia lo que sería el sepulcro de este arrogante mandatario. La misma década que les llevó a los exhaustos trabajadores cavar las cámaras subterráneas en el cerro sobre el cual se erigen las pirámides, son ésos los recintos que el monarca Keops dispuso para sus restos funerarios.

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel e Irma García Xochiquetzalli besándose en Egipto.
Fotografía ©Manuel Peñafiel
Las pirámides se construían a manera de gradas o zócalos, sobre los cuales se levantaron bloques de piedra con andamios formados de maderos cortos y mecanismos para ir subiendo las piezas desde el suelo hasta la cúspide. En una pared de la pirámide está anotado con escritura egipcia cuánto se gastó en rábanos, cebollas y ajos para los jornaleros; y si bien recuerdo, prosiguió aquel enigmático anciano, el intérprete egipcio que me tradujo dicha inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil setecientos talentos de plata, sin duda fue exorbitante la suma invertida en las herramientas con que se laboró, además de los alimentos y vestidos para los operarios, agregó nuestro peculiar interlocutor. Decían los egipcios que el Farón Keops reinó cincuenta años, y que a su muerte, heredó el cetro a su hermano Kefrén, pronunciado Kaefre en lengua egipcia. Este sucesor al trono se comportó de la misma manera despótica, levantando otra pirámide en su honor, que no igualó las dimensiones de la de Keops, pues yo mismo la medí. Al escucharle al viejo tales aseveraciones, estuve a punto de dar por concluida su compañía, bloqueando mis oídos con total escepticismo; pero Irma que conoce cada gesto de mi rostro, no me lo permitió al decirme, tranquilo, lo que reseña este viejito no se aleja de la realidad, permite que prosiga, a mí me interesa escucharlo. El anciano elevó una ceja intuyendo mi desconfianza, pero haciendo caso omiso de mi apatía, cual bondadoso abuelo se dirigió de nueva cuenta a mi esposa Irma para comentarle, Kefrén reinó cincuenta y seis años, se calcula que durante dicho lapso, los egipcios tuvieron que soportar carencias y hambre, durante ese mismo periodo los templos que habían sido cerrados permanecieron así. Kefrén ordenó esculpir la Gran Esfinge cuya altura alcanza los veinte metros, algunos dicen que su rostro personifica al propio Kefrén, pero yo me inclino a pensar que este Guardián Eterno es la representación del dios Horus, Padre del Terror, quien custodia los recintos fúnebres. Después de Kefrén reinó su sobrino Micerino, que en su lengua natal se pronuncia Menkaure, quien disgustado por la conducta irreverente de su padre Keops, reabrió los templos, permitiendo que el oprimido pueblo realizara sus rituales y plegarias. De todos los gobernantes, Micerino fue el menos severo, sin embargo, los dioses le negaron la dicha; como primera de sus desgracias, ocurriose el fallecimiento de su única descendiente procreada con su esposa Khamerernebti. Acongojado por el infortunio quiso honrarla por medio extraordinario, haciendo labrar una vaca de madera hueca recubierta de oro, y dentro de ella sepultó a su hija.

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel e Irma García Xochiquetzalli bajo el ardiente sol del Sahara, Egipto.
Fotografía ©Manuel Peñafiel  
De la ciudad de Buto, al Faraón Micerino le llegó un presagio con la funesta noticia de que únicamente le restaban seis años de vida. Indignado Micerino, envió a decirle al adivino que interpelara a las deidades por el inmerecido castigo, que su padre Keops y su  tío Kefrén habían sido los responsables de aquella desautorización religiosa que a los dioses mucho había ofendido, además, ambos hermanos habían explotado al pueblo, y a pesar de su crueldad habían vivido más. Micerino alegaba que él no era merecedor de tal sanción, acortarle la vida sería injusto, él había sido devoto. Aún así, aquel nigromante le respondió al Faraón que el veredicto de los supremos seres era inapelable, y que tan solo le restaban de vida media docena de años. Micerino viendo que la voluntad divina era inquebrantable, mandó fabricar gran cantidad de lámparas, y cuando la noche arribaba las encendía todas, bebía vinos finamente destilados paseando por los pantanos y los prados acompañado de músicos y divertimentos, entregándose sin límite a toda clase de placeres, todo ello con el intento de demostrar que la profecía de su muerte resultaría inútil, y que viviría no seis años sino doce, convirtiendo de esta manera a las noches en hurtados días al reloj del fatal destino.
Micerino ordenó edificar una pirámide de menor tamaño que la de su padre Keops, continuó narrando aquel viejo, tanto este Faraón, como otros más seres humanos han deseado dejar algo a su paso por la vida, indubitable es que la idea de fenecer nos atormenta a muchos, expresó, y al hacerlo, clavó su vista en la mía, notando que sus palabras me habían golpeado con rebelde pesadumbre.
¿ Qué es lo que te aflige, me preguntó fríamente ?. Yo sin voltear siquiera a verlo, deposité la mirada sobre el rostro de mi esposa, de mi boca entonces fluyeron estas palabras, Irma, me acongoja pensar que algún día abrirás los ojos sin verme más, desearás conversar y los muros de lo inevitable engullirán tus palabras. No deseo fallecer, la idea de abandonarte me mata anticipadamente. Muerte es final, silente sombra, pasividad irremediable, inexistencia de razón, abandono de canción, amnesia de color, morir es morir, convertirse en muda tierra, ahondarse en barranca sin salida, obscurecimiento de nubes sin amanecer, crueles desenlaces los fallecimientos son,  yo no quiero dejarte, al ya no tenerte, lágrimas de grava en mi ataúd derramaré, desde ahora pulo esos húmedos guijarros con amorosas palabras trazando riberas impetuosas, te amo y muerto yo,  mis labios ya no lo dirán.
El anciano suspiró aduciendo que la noche lo apresuraba a retirarse, el sonido de su voz me recordó que aún se encontraba ahí, entonces de mi billetera saqué dinero pidiéndole lo aceptara a manera de modesta retribución por sus narraciones. Aquel erudito al que yo injustamente había considerado un charlatán, se irguió gallardamente al responder, será mejor que emplees tus billetes en la compra de alguno de mis libros, yo no necesito dádivas. No fue mi intención ofenderlo, aduje. Antes de marcharse sería un honor saber su nombre, agregué. El hombre de blanco cabello, y abundante barba igual que la sapiencia contenida en su mente, enérgicamente expresó: Heródoto de Halicarnaso es mi identidad, nacido yo en esa colonia griega en Asia Menor sobre la costa del Mar Egeo. Y todo lo que les dije, lo fue averiguado por mi curiosidad innata cuando visité Egipto hacia el año 450 antes del calendario de ustedes; durante mi estancia en estos deslumbrantes parajes recogí la vida y costumbres de la sociedad local, interrogando a los hospitalarios nativos, además fueron mis anfitriones los sacerdotes de la ciudad de Menfis, quienes me obsequiaron con información acerca de los Faraones que erigieron el trío de pirámides en ésta la Necrópolis de Giza, las cuales cuando yo admirado las contemplé eran ya remotas antigüedades, orgullosos trofeos alzados por hombres de lejanos tiempos, aproximadamente tres milenios antes de la cronología occidental. Inclusive me atreví a poner por escrito las biografías de Keops, Kefrén y Micerino.

Manuel Peñafiel
 Irma García Xochiquetzalli y Manuel Peñafiel alquilando un dromedario en Egipto
Fotografía ©Manuel Peñafiel 
En el transcurso de mis investigaciones y exploraciones redacté Los Nueve Libros de Historia, primera descripción del Mundo Antiguo, para que el decurso del tiempo no erosionara el recuerdo de las proezas humanas. Para elaborar mis obras recurrí a fuentes orales y escritas, aunque referí lo que me narraron, nunca me vi obligado a creerlo todo, siempre recurrí al sentido común antes de asentarlo definitivamente. También obtuve datos de los poetas a quienes bien conocí, tales como Homero, Museo, Esopo, Esquilo y la poetisa Safo. En el tiempo que a mí me tocó transitar, las obras escritas se conservaban en rollos de papiro de siete metros formando un cilindro. En esta novena de volúmenes analicé las relaciones entre Asia Menor y Grecia, además de las consecuencias derivadas de los raptos de Ío por los fenicios; los de Europa y Medea por los griegos, y el de Helena por los troyanos. Para esto me apoyé en el escritor Homero, prodigio invidente, cuyos ojos ahogados por la obscuridad no le impidieron iluminar a la Humanidad con su épica poesía.
Heródoto soy, nativo de Halicarnaso en la costa de la antigua Lidia, más tarde Anatolia, finalmente nombrada Turquía, considerado he sido, el Padre de la Historia. De pronto aquel barbado portento cesó de hablar, y con parsimoniosa delicadeza arregló su fina túnica, antes de emprender la marcha de vuelta a su honroso sitio dentro de la Enciclopedia; mi esposa Irma y yo, emulando la pretérita costumbre egipcia de respeto hacia los ancianos, nos hicimos a un lado del camino para cederle el paso; aquel sabio inclinó su cabeza a manera de despedida.
Al emprender nuestro regreso, mi esposa Irma García Xochiquetzalli notó mi decaído ánimo, ella intuyó que a mi mente aún la atormentaba el espectro de la muerte. No te preocupes, ni entristezcas, amorosamente sentenció, aún cuando el transcurso del tiempo te arrebate de mi lado tras los años, meses, horas y minutos que estés conmigo, palpitarás dentro de mi ser, te veré en las auroras, y celebraré en cada pétalo del pensamiento el habernos conocido.
Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista 


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