miércoles, 31 de diciembre de 2014

Hernán Cortés, homicida encumbrado

Texto de Manuel Peñafiel

Fotografías del autor y de Irma García Xochiquetzalli

Muchísimos mexicanos suplican por su bastardía hispana, sin embargo, a Hernán Cortés solamente lo movió la ambición, a los nativos de estas tierras nunca los consideró merecedores de valía. Para sustentar estas afirmaciones miremos al pasado vislumbrando a Martín Cortés de Monroy, un pequeño hidalgo ocupado en su hacienda, casado con Catalina Pizarro Altamirano. Según el diccionario, hidalgo es una persona que por su sangre es de clase noble y distinguida, o padre que por haber tenido siete hijos varones consecutivos en legítimo matrimonio adquiría el derecho de hidalguía. Deduzcamos entonces, apreciables lectores, que hidalgo es sinónimo de semental despreocupado por el deterioro de su cónyuge y la sobrepoblación mundial.
Pero dejemos al viejo Martín regateando en el mercado el precio de sus costales de cereal, y saboreando luego el vino proveniente de su propio viñedo, para mencionar que su hijuelo Hernando Cortés Pizarro era lo que hoy en día se consideraría
“ un niño bien “, encantado por los relatos de su tío Picos Pardos, quien aseguraba que él había visto con sus propios ojos a los indios y los tesoros traídos de las Indias, donde el oro se encontraba en tal abundancia que fluía de los ríos.
Martín Cortés de Monroy, bien sabía que en 1492 para facilitarle suficiente tripulación a Cristóbal Colón, los reyes católicos Fernando V e Isabel I firmaron una orden que por la gracia de dios exoneraban de sus crímenes a los presidiarios que acompañaron al desorientado, depredador y devastador ecológico genovés hacia el continente llamado después América.

Bahía Chalchiuhuahuecan en el Golfo de México, donde Hernán Cortés 
barrenó sus buques para impedir que los marineros inconformes 
retornaran a Cuba. Foto de Manuel Peñafiel
El padre de Hernán Cortés deseaba una educación superior para su hijo, eso de viajar en barco con delincuentes indultados, y la escoria social de España aventurándose a la mar para beneficio de las arcas reales le incomodaba, no por honradez, ya que él mismo había sido capitán militar expansionista, más bien le preocupaba la seguridad de su vástago, él quería que Hernán a los catorce años estudiara leyes y ciencias en la Universidad de Salamanca.
Pero a los dieciséis, transcurridos apenas dos años en las aulas, Hernán Cortés harto aburrido de los libros, decidió: ¡ Bah !, lo que yo quiero es matar indígenas para despojarlos y cubrirme de riquezas. Así que sin consultar a su padres abandonó la casa de estudios, tornándose al confortable hogar paterno en Medellín, donde su madre lo recibió colérica, y su padre preocupado por su futuro, reprendióle:
Hernán, acaso tenéis estiércol en los sesos, bien sabéis que eres hijo de un hidalgo y dicho título os prohíbe trabajar manualmente.
A lo que el muchacho respondió:
Más no existe obstáculo para descuartizar indios, el pontífice, los arzobispos y la Santa Inquisición aseguran que no tienen alma, esos paganos se tropiezan con piedras de oro y yo las quiero.
El viejo Martín guardó silencio mientras su mezquino hijo empacaba para largarse a Sevilla, el inescrupuloso aventurero años más tarde llegaría a México para esclavizar, ahorcar gente morena, violar y preñar mujeres, además de quemar vivos en la hoguera a los que se le interpusieran..


Burócrata trepador

En 1504, a los diecinueve años de edad Hernán Cortés se trepó a un barco con rumbo a La Española
( Haití – República Dominicana ), en Santo Domingo comenzó una vida mediocre de tinterillo en la oficina de Diego Velázquez, convertido por la fuerza de las armas en gobernador de la isla, su jefe le encomendó someter a los nativos de Haití, con su espada aún goteando sangre, Hernán Cortés a su vuelta fue recompensado con tierras y esclavos naturales. Posteriormente Diego Velázquez lo contrató como secretario y ambos vividores partieron en 1511 hacia Cuba para someterla, a su arribo Diego Velázquez incineró vivo en la hoguera al soberano Hatuey, quien tuvo el valor de repudiar con sus flechas a los saqueadores, quienes vivieron años de bonanza tras apoderarse de tierras de cultivo con esclavizados labriegos.
Las atrocidades cometidas en contra de los nativos no eran crímenes para los clérigos católicos, Fray Bartolomé de las Casas escribió refiriéndose a Diego Velázquez:
“ Era hombre apacible y de buen carácter, aunque dado a los arranques de ira y toda su conversación era de placeres y agasajos “.
Siglos más tarde el héroe independentista cubano José Martí escribiría:
“ ¡ Odio a Velázquez, que en su tumba fría cadáver yace, pero no reposa !.
Es en Cuba donde Diego Velázquez y Hernán Cortés se enredan con las hermanas españolas Suárez, quienes habían llegado a la isla en busca de matrimonio con hombres ricos. Hernán Cortés prometió llevar ante el altar a Catalina Suárez Marcaida ( algunos historiadores la apellidan Juárez ), sin embargo su volubilidad quebró la promesa hecha, entonces Velázquez presionado por la hermana de Catalina, obliga al mentiroso a contraer nupcias con la quejosa, Cortés al negarse fue hecho prisionero.

Torre principal del Museo Regional Cuauhnáhuac en Cuernavaca, 
Estado de Morelos, México. Foto de Irma García Xochiquetzalli.
Tiempo después con tal de abandonar las mazmorras y recobrar los favores del gobernador, Cortés se resigna a casarse con Catalina Suárez, el regalo de bodas de Velázquez fue nombrarlo alcalde de la ciudad de Santiago.
El recién “ cazado “ además recibió como obsequios más esclavos, bateas para sacar oro y ropa de vestir. Hernán Cortés, nacido en Medellín, España en 1485, fue un burócrata trepador, cuya ausencia de principios éticos y avaricia, lo encumbraron hasta la exagerada leyenda triunfalista, finalmente cayó al desfiladero donde terminan los individuos ruines.

Contaminación humana

Entre los compañeros marítimos de Hernán Cortés, muchos de ellos habían pasado por Sevilla, el principal foco de intercambio epidemiológico de Europa. La mayoría de los españoles que embarcaron para América, procedían de regiones meridionales incubadoras de enfermedades infecciosas, los libros antiguos mencionan las ámpulas genitales conocidas por bubas en Aragón; la viruela en Andalucía; la lepra de Asturias; el paludismo de Valencia, y la peste bubónica que azotó Aragón.
Los rapaces españoles no solo llegaron a devastar las civilizaciones autóctonas, sino que trajeron consigo microbios y gérmenes, diminutos aliados que los favorecieron en su pillaje. El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón desembarcó en la isla Guanahani en el archipiélago de Las Antillas, donde plantó hipócrita cruz, sin embargo oculta bajo los pliegues de su piel traía la bacteria Treponema Pallidum, portadora de la sífilis que él mismo padecía, según algunos historiadores.

Patológica ambición

Después de los descubrimientos litorales promisorios de grandes fortunas hechos por Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, a Hernán Cortés lo perturbó la codicia, agobiado por el calor climático de Cuba las molestias de la sífilis lo mantenían insomne, la enfermedad venérea al principio había pasado desapercibida, sin embargo en su segunda fase causábale afiebradas jaquecas. Hastiado por el ocio su obsesión por enriquecerse le provocó salpullido en la mente, arrebatadamente decide entonces organizar una expedición marítima en busca de las tierras firmes, donde él presentía que hallaría el ansiado oro. Movido por su compulsiva necesidad de acción, no halló reposo hasta abandonar Cuba al mando de una travesía marítima rumbo a Cozumel, aún sin la autorización del gobernador Diego Velázquez.
Al alejarse el barco, Cortés contempló el ajetreo del puerto, muchos de los criados y campesinos habían sido secuestrados de sus aldeas africanas, y traídos encadenados para suplantar a los nativos caribeños, cuya mayoría había caído exhausta bajo el látigo español que los obligaba a cultivar la caña de azúcar. Inmisericorde ante el sufrimiento de aquella gente, el viajero escupió hacia la mar, insensible incluso ante la separación de su esposa Catalina Suárez.

La Malinche, traicionada por su gente

Simultáneamente a la devastación étnica y ecológica ocasionada por los españoles en las islas del Caribe, Francisco Hernández de Córdoba se embarca rumbo a los litorales de lo que ahora es la República Mexicana; es en el año de 1517 cuando su codiciosa tropa desprovista de agua potable llega al pueblo costero de Chakan Putum, nombrado erróneamente Champotón, ahí los mayas los repelen bravíamente. Al siguiente año, Juan de Grijalba explora las mismas regiones sin conseguir ser bienvenido por los nativos. Dos años después en 1519, Hernán Cortés bordea la costa de la isla de Cozumel hasta llegar el 14 de marzo a la desembocadura del río Grijalba, y desembarca en Potonchán, los mercenarios bajo sus órdenes derraman mucha sangre aborigen, los nativos se defendían desnudos, los españoles usaban férreas armaduras, la honrosa coraza de los mayas fue la valentía, sus decesos fueron incontables. Posteriormente la expedición de Hernán Cortés irrumpe violentamente en la población llamada Centla en el actual Estado de Tabasco, de nueva cuenta, los mayas combaten bravamente a los saqueadores, los españoles asesinaron a 12 mil lugareños. Esa noche después de la batalla, los canallas barbados durmieron en inmundo concubinato con la muerte.

Las manos de Irma García Xochiquetzalli sujetando las conchas 
del pasado histórico. Foto de Manuel Peñafiel
Al siguiente día, el  jerarca de Centla llamado Taleb K’ohob a manera de tributo le entregó a Hernán Cortés veinte mujeres, entre ellas se encontraba Malinalli, nacida años atrás en Coatzacoalcos, ella había sido hija de un matrimonio de alta jerarquía mexicatl, pero de niña al morir su progenitora, su madrastra la subastó como esclava a la nación Xicalanco, cuyos guerreros al perder combates contra Taleb K'ohob cacique de Potonchan le entregaron tributos, entre los cuales se incluían mujeres, en ese grupo iba Malinalli, quien en aquella época pasó a ser propiedad del rico cacique cubierto de finas pieles de jaguar. Malinalli hablaba con fluidez su idioma natal el náhuatl, además del popoloca y la lengua maya - chontal escuchada de su amo el gobernante de Centla. Tras bautizarla e imponerle el nombre de Marina, Cortés después de usarla, la regaló al capitán Alonso Hernández Portocarrero, pero al darse cuenta de que la inteligente Marina era trilingüe, la trajo de vuelta a su lecho como intérprete, ella prontamente aprendería el idioma castellano de su opresor. Con el correr del tiempo los nativos la llamaron Malintzin, en señal de respeto, pero la torpeza lingüística de los españoles deformó el nombre a Malinche.
Algunos consideran a Malinalli desleal a México, pero el país tal y como es ahora no existía, el territorio estaba conformado por naciones aliadas, subordinadas o enemigas al dominio de Moteuhzoma II Xocoyotzin. Malinalli jamás le dio la espalda a su pueblo, su familia se deshizo de ella, fue tratada como objeto por nativos e invasores, resignada tuvo que amoldarse a las humillantes circunstancias, con afán de supervivencia agudizó su inteligencia innata, no tuvo otra alternativa que someterse a sus pestilentes propietarios españoles quienes se la turnaron con soez cinismo, mientras los frailes católicos se desentendían de las perversidades cometidas en nombre de una prostituída evangelización.

El 22 de abril de 1519 Hernán Cortés desembarcó en la Bahía Chalchiuhuahuecan, del Golfo de México, donde barrenó sus buques para impedir que los marineros inconformes volvieran a Cuba, después fundó la Villa Rica de la Vera Cruz, ahí no tardó en averiguar que tierra adentro existía la sede Excan Tlahtoloyan, Confederación de Estados Indígenas del Valle de México de la Triple Alianza conformada por Tetzcuco, Tlacopan y México – Tenochtitlan. Los ávidos ojos del español se tornaron en obsesivo frenesí al enterarse por boca de sus aliados los totonaca de Zempoala y Quiahuiztlan, que detrás de las nevadas montañas existía una esplendorosa urbe llamada Gran Tenochtitlan, donde su monarca Moteuhzoma II , “ el que se enoja como señor “, llamado Xocoyotzin, el joven, era custodio de un gran tesoro.
La ambición hizo que los españoles montaran sus caballos, afilaron sus espadas murmurando alucinatorios santos católicos emprendiendo la marcha hacia Tlaxcala, población en discordia con Moteuhzoma II. Aunque los tlaxcalteca al principio rechazaron a los recién llegados, a la postre hicieron la paz, y coludidos partieron juntos hacia Mexico - Tenochtitlan.

Masacre en nombre de Santiago apóstol

La siguiente población importante que se encontraba en la ruta de  Hernán Cortés hacia Tenochtitlan era Cholula, centro religioso dedicado a Quetzalcóatl. Ahí los españoles fueron bienvenidos, pero los nativos pronto se hartaron de ser anfitriones de burdos huéspedes, dejaron de proveerles alimentos y pastura para sus caballos.
Los tlaxcalteca le hicieron sospechar a Cortés de una trampa por lo que él llamó a los jerarcas de Cholula supuestamente para despedirse, pero su concebido plan fue otro, mandó cerrar las puertas de los patios donde se habían reunido, los carniceros españoles bloquearon las puertas y comenzaron a lancearlos, asesinando cuantos pudieron, los nobles chololteca no portaban armas ofensivas, ni defensivas, sino fuéronse desarmados, sin sospechar lo que se cometería en contra de su integridad.
El disparo de un arcabuz dió la señal a la demás soldadesca para irrumpir con aceros hambrientos de agonía, la confusión parió rojizo colapso, algunos indígenas trataron de huir trepándose a los muros, los gatillos fueron más rápidos que su pavor, los sables reventaron las miradas de aquellos atónitos ojos, los cerebros se esparcieron aún con frescos pensamientos de incredulidad, aquellos horrorizados hombres constataban su incapacidad de desviar la zanjada de la muerte, impedidos de acudir en defensa de sus familiares, en la maligna fechoría perpetrada por Cortés perecieron tres mil hombres enjaulados. La gente de Cholula que se encontraba afuera en las calles, al escuchar los gritos de los ejecutados corrieron a ocultarse en vano, algunos pensaron que en los oratorios estarían a salvo, su fatal desacierto los condujo al mortal suplicio, aquellos facinerosos de sucia barba los incineraron encerrados.
Los tlaxcalteca y totonaca aprovecharon la ocasión para vengarse de sus enemigos de Cholula, sin perdonar hembras ni críos.
El español Diego Muñoz Camargo, escribiría después:
“ Ovo en esta ciudad tan gran matanza y estrago que no se puede imaginar “.
Los españoles después de asesinar a los dirigentes de Cholula, salieron a las calles a descuartizar a sus pobladores, las balas de cañón violaron a la indefensa multitud descalabrando, fracturando huesos, salpicando sangre a la historia redactada con sórdida bajeza. Aquellos brazos, piernas y  vísceras de niños, mujeres y ancianos fueron apilados junto con los escombros de sus templos derribados, su sangre sirvió para humedecer la amalgama con la que se hizo un montículo de piedras sobre el cual se incrustó una cruz ante la cual se celebró una misa, con los gemidos de los moribundos de trasfondo y veinte mil insepultos cadáveres.
Años después fray Toribio Motolinia con respecto al mortuorio azote infringido a los habitantes de Cholula, expresó: “ Fue bueno para que todos los indios de la Nueva España viesen que aquellos ídolos y todos los demás son falsos y mentirosos “.

Ciudad de ensoñación

Después de arrasar de manera vil y sanguinaria al pueblo de Cholula, Hernán Cortés y su rapaz caravana compuesta por aproximadamente 400 españoles, 4 mil aliados tlaxcalteca y algunos tototonaca, dicho contingente escaló entre los volcanes Popocatépetl Cerro que Humea e Iztaccíhuatl Blanca Mujer, continuando la marcha hasta arribar a la Gran Tenochtitlan. Bernal Díaz del Castillo, impresionado ante la magna metrópoli, escribió:
“ Al otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha camino de Iztapalapa. Y desque vimos tantas ciudades y villas quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que se cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y templos y edificios que tenían dentro del agua, y todos de calicanto, y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños, y no es de maravillarse que yo lo escriba aquí desta manera. “

El escritor y documentalista mexicano Manuel Peñafiel en la Bahía de Chalchiuhuahuecan 
donde desembarcó Hernán Cortés. Foto de Irma García Xochiquetzalli
Es aquí, donde Moteuhzoma II Xocoyotzin ofuscado por las supersticiones recibe al contingente de Hernán Cortés, creyendo que son los representantes del dios Quetzalcóatl, quien según las leyendas retornaría para recuperar su reino, el castrante fervor religioso del soberano lo intoxica de temor, impidiéndole razonar y ver claramente a los toscos arribistas, a quienes en lugar de repeler, les abre las puertas de de su palaciega hospitalidad.
Hernán Cortés aprovecha la debilidad de su anfitrión y no duda en hacerlo su rehén con los grilletes puestos.
El decadente Moteuhzoma II le encomienda a su carcelario que se haga cargo de su hija Tecuichpotzin Ixcaxochitzin, Doncella de la Nobleza Flor de Algodón, de quien Bernal Díaz del Castillo, expresa: “ Ella era bien hermosa mujer para ser india “.
Dichos atributos incitan al delincuente, quien la deshonra arrojándola después a un calabozo, donde la princesa imposibilitada de ingerir abortivos herbolarios engendra en contra de su voluntad a la hija de su violador, los alcahuetes sacerdotes católicos la bautizan con el nombre de Leonor Cortés Moctezuma, y a  Tecuichpotzin Ixcaxochitzin, su ofensor ordena bautizarla como Isabel, para después deshacerse de ella, traspasándosela al inculto Alonso de Grado.

La Matanza del Templo Mayor

Pedro de Alvarado quedó al frente de las tropas españolas asentadas en
México -Tenochtitlan, debido a que Hernán Cortés se vió forzado a viajar a las costas del Golfo de México a combatir a Pánfilo de Narváez que venía de Cuba con órdenes de capturarlo por haber zarpado de la isla sin la autorización del gobernador Diego de Velázquez.
A Pedro de Alvarado le disgustaron los preparativos para venerar a los dioses Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, así que cuando los señores mexica se encontraban bailando desarmados, los militares cerraron las puertas del Templo Mayor y abrieron fuego contra ellos. Los informantes indígenas de Bernardino de Sahagún describieron así el horrible episodio: “ Al momento todos los españoles acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren, dieron tajo al que estaba tañendo el tambor, le cortaron ambos brazos, luego lo decapitaron, lejos fue a caer su cabeza cercenada. A algunos los acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza, enteramente hecha trizas. A otros les dieron tajos en los hombros, hechos grietas, destrozados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y había algunos que aún en vano corrían, iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos. Anhelosos de ponerse en salvo, no hallaban a donde dirigirse “.

Museo Regional Cuauhnáhuac, antiguamente la mansión de Hernán Cortés 
en la Ciudad de Cuernavaca, México. Foto de Irma García Xochiquetzalli
El resultado del homicidio colectivo fue un número desconocido de muertos, trás perpetrada la masacre, la indignación popular reclamó a Moteuhzoma II Xocoyotzin su entreguismo, exigiendo el ajusticiamiento de los españoles, quienes asustados  refugiáronse en los aposentos reales donde habían sido hospedados, y para impedir que su cautivo monarca se volviera en contra de ellos, le clavaron una espada  en el bajo vientre para después apuñalarlo repetidas veces, así lo sacaron al balcón sujetándolo para que sus súbditos pensaran que vivo estaba, obligando a un aristócrata nativo a que alentara a la muchedumbre a recobrar la calma, sin embargo al ver a su débil rey quien sumisamente se había sometido a los extranjeros, la enardecida turba lejos de serenarse atizó su ira insultando a Moteuhzoma II Xocoyotzin, arrojándole pedruscos, uno de ellos le golpeó en la cabeza, los que afianzaban al cadáver apresuradamente volvieron a ocultarse en los recintos donde urdieron su coartada ocultando el magnicidio, aquella pedrada enturbió a la historia escrita por los españoles, quienes aseguraron que fue la que privó de la vida al pusilánime tlatoani.

Cuitláhuac y la caída de un águila valiente

Cuando finalmente los mexica emprendieron el repudio armado en contra de los españoles, la decisión de hacerlo resultó fatídicamente tardía, la sucesión de toda la nobleza tenochcatl había quedado desmembrada después de la Matanza del Templo Mayor. Cuitláhuac investido como el nuevo tlataoani, tomó el mando del ejército y con talentosa estrategia militar logró derrotar la superioridad armamentista con la que contaba Hernán Cortés, quien fue derrotado el 30 de junio de 1520, pero la viruela fue letal enemiga del valeroso mexicano. Es entonces cuando un águila joven despliega sus alas en defensa de la Patria, Cuauhtémoc decide combatir a la rapiña española, desgraciadamente su fugaz vuelo declina ante los miles de indígenas adheridos a los ladrones europeos. Es mentira que Hernán Cortés haya sometido al indómito soberano Cuauhtémoctzin y al poderío del Imperio Aztecatl, valiéndose únicamente de su escaso contingente de mercenarios, desgraciadamente al invasor hispano se le unió el aristócrata texcocano Ixtlilxóchitl, quien urgido de deshacerse de sus compromisos con La Triple Alianza, y fanatizado además con el cristianismo, le procuró a Cortés miles de soldados aculhúas. La viruela y el sarampión polizones en los inmundos barcos españoles abatieron a la población aborigen más que los ataques del cañón, el esplendor de la Gran Tenochtitlan se derrumbó con el caos generado por la epidemia, agravada la debacle por los tlaxcalteca dedicados al pillaje, y al incendio avivado por el rencor hacia los mexica.

Danzante de la etnia Totonácatl, Estado de Veracruz, 
México. Foto de Manuel Peñafiel
Al ser testigo de la agonía de su enfermo pueblo, Cuauhtémoc decidió no disponer de más vidas de sus leales súbditos en aquella guerra, el joven tlatoani de veintidós años entregó su digna daga al enemigo, expresando gallardamente su deseo de morir honrosamente:
“ Puesto que he hecho cuanto cumplía en la defensa de mi ciudad y de mi pueblo y vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma este puñal y mátame con él “ . Pero Hernán Cortés lo conservó para que su trofeo viviente le prodigara prestigio, ansiando además tesoros que el inescrupuloso hispano suponía ocultos. Para averiguar el paradero de las supuestas riquezas, Cortés torturó a Cuauhtémoc junto a Tetlepanquetzalli, Señor de Tlacopan, quemándoles los pies hasta dejarlos minusválidos. El 28 de febrero de 1525, durante su expedición a las Hibueras, la paranoia de Hernán Cortés lo hizo suponer  que el destronizado rey planeaba una conjuración en contra suya, y sin juicio alguno de manera despreciable al estilo innato de su verdugo, ordenó a sus hombres que de una ceiba colgaran a Cuauhtémoc, Águila que finalmente descendió, para elevarse después en la memoria nacional.

Hernán Cortés estrangula a su esposa

Desde que salió de Cuba el 18 de febrero de 1519 a la toma de Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, Hernán Cortés solamente una vez le escribió a su esposa Catalina Suárez, deprimido por su derrota ante Cuitláhuac redacta una carta en La Noche Triste para pedirle perdón por el olvido en que la mantuvo. Tras la caída de la capital aztecatl, las noticias de los despojos cometidos por su esposo despertaron en ella el deseo de participar en su fortuna, embarcándose a la Nueva España sin avisarle de sus planes, a su arribo a Cortés no le quedó otra alternativa que recibirla disimulando su disgusto.
En noviembre de 1522, la mañana del día de su muerte, Catalina asistió contenta y bien ataviada a la iglesia, posteriormente invitó a sus amigas a una comida en casa de Cortés en Coyoacán, durante la cual la nueva rica le reclamó a Solís, capitán de artillería:
“ Vos Solís, no queréis sino ocupar a mis indios en otras cosas de lo que yo les mando, y no se hace lo que yo quiero, os prometo que antes de muchos días, haré yo de manera que nadie tenga que entender en lo mío “.
A lo que el enfadado Cortés, respondió:
“ ¿ Con lo vuestro señora ? ¡ Yo no quiero nada de lo vuestro ! “
Catalina se retiró a su dormitorio a donde la siguió su embriagado esposo, tras la puerta cerrada era posible escuchar los lloros de la mujer y los coléricos gritos del borracho. Aquella noche fue encontrada muerta en su propia cama con “ los ojos abiertos y tiesos, salidos de fuera, como persona ahogada; los labios gruesos y negros con dos espumarajos en la boca, una gota de sangre en la toca sobre su frente “, según la versión dada en el juicio por su principal doncella: “ Yo le vide cardenales en la garganta en señal que la ahogó con cordeles, una gargantilla de cuentas de azabache derramadas por la cama, y estaba la dicha Catalina toda descabellada, como que había andado poniendo fuerza, y la cama estaba orinada “.
Junto al lecho estaban las cuentas esparcidas de un collar de perlas con el que presuntamente había sido estrangulada. Hernán Cortés esa misma noche mandó poner el cadáver en un ataúd y cerrar la caja con clavos, al llegar fray Bartolomé de Olmedo, exclamó:
“ Toda esta ciudad dice públicamente, que vos habéis muerto a Catalina vuestra mujer; conviene que para vuestra honra, e para que no os echen la culpa, si no la tenéis, que mandéis que ante un alcalde o escribano, e testigos la saquen del ataúd e la vean antes que la entierren “.
A lo que el auto viudo se enojó mucho y contestó:
“ ¿ Quienes son los traidores bellacos que tal dicen ?. No curen en poner mi honra en disputa, entiérrenla “.
Fueron varias las sirvientas y otras personas que testificaron lo mismo; sin embargo, el juicio convocado contra Hernán Cortés por el asesinato de su esposa adoleció de múltiples irregularidades; tampoco hubo médico que certificase la muerte de Catalina ni la causa, ella fue enterrada rápidamente por orden de su marido, a pesar de que era harto conocido su carácter irascible y violento, así como las continuas discusiones conyugales, muchas de las cuales habían acabado en maltrato físico por parte de él.

Desprecio a su primogénito mestizo

A fines de 1523, Hernán Cortés engendró un hijo con Malinalli, bautizado Martín, apodado el bastardo, quien al poco tiempo de nacido le fue arrebatado a su madre,  jamás volvería al seno materno, sin piedad fue entregado por Cortés a su primo Juan de Altamirano. Martín Cortés viajó después con su padre a España, donde por voluntad paterna tomó el hábito de la orden religiosa de Santiago, y fue paje de Felipe II, criado cuyo ejercicio consistía en acompañar a su amo, asistir en las antesalas, servir la mesa y otros menesteres domésticos. Posteriormente, Hernán Cortés casó a Malinalli con Juan Jaramillo en Orizaba, ella murió en 1528 víctima de una epidemia de viruela.

Artesanía mexicana en barro cocido. Foto de Irma García Xochiquetzalli
A los bastardos en la Nueva España les eran negadas cualquier consideración por el sólo hecho de serlo, debían estar privados de empleos, honores sociales y recompensas económicas, deduzco yo, que de aquí derivan las inseguridades arraigadas en tantos mexicanos que apátridas vagan sin identidad propia buscando el cobijo de los extranjeros, a quienes se entregan con hospitalidad salpicada de inmundo servilismo.
Hernán Cortés le daría el mismo nombre a un segundo hijo que obtuvo de la española Juana Zúñiga, Martín Cortés Zúñiga nació en Cuernavaca en 1533, a este hijo sí lo hizo su único heredero legítimo, concediéndole el título de II Marqués del Valle de Oaxaca, colmado de privilegios, su padre lo llevó a España para presentarlo en la corte del rey Carlos I de España V emperador de Alemania, haciéndolo aristócrata militar, al volver a la Nueva España fue recibido con honores, en ese momento Martín Cortés Zúñiga estaba considerado por sus propiedades y riquezas la persona más opulenta de la Nueva España, sin faltarle muestras de arrogancia y derroche, insinuó independizarse de la península ibérica, sus aliados anhelaron coronarle como rey.
 En 1542 fueron promulgadas las Leyes Nuevas que impedían a los españoles heredar sus posesiones a sus descendientes criollos nacidos en la Nueva España, Martín Cortés Zúñiga se manifestó en contra de las mismas junto con otros muchos inconformes que fueron arrestados para luego ser ahorcados y descuartizados. El sublevamiento de Martín Cortés Zúñiga, ocasionó su encarcelamiento donde fue sometido a tortura para arrancarle su confesión, aplicándole el tormento de cordeles consistente en apretarle los brazos, muslos, pantorrillas y dedos; posteriormente, con un embudo en la boca se le hizo ingerir grandes cantidades de agua. No reveló nada durante la tortura así que se le condenó al destierro. La malignidad en contra de los mestizos de la Nueva España, llegó a oídos del rey en España, pero los frailes franciscanos le informaron que la supuesta conspiración emprendida por los inconformes a la Leyes Nuevas, no había sido más que fantaseos de jóvenes sin juicio y damas ociosas.

El derrumbe de un tirano

Los enemigos de Hernán Cortés intrigaron en la corte del emperador Carlos V, denunciándolo por robar oro del aquel destinado al monarca y manejar estrategias contables para defraudar a los cabecillas del virreinato, además lo acusaron de asesinar años atrás a su esposa Catalina Suárez, y envenenar a varios enviados con provisiones reales.
Desterrado fue a Castilla para reclamar su autoridad para gobernar la Nueva España, pero solo consiguió el Marquesado del Valle de Oaxaca y ser absuelto de todas las imputaciones.
De vuelta a la Nueva España, Hernán Cortés todavía organizó algunas irrupciones armadas, en 1533 su enviado Fortún Jiménez arribó por mar a la península de Baja California, ahí sus marineros desembarcaron para ultrajar a las nativas y saquear el lugar, de donde obtuvieron valiosas perlas extraídas por los aborígenes cochimíes de los moluscos que abundaban en la bahía.
Años más tarde el decadente Hernán Cortés retornó nuevamente a España para intentar recuperar el favoritismo de la corona por los servicios prestados, para lo cual participó en una expedición contra Argel en 1540, pero sus reclamaciones nunca fueron respondidas.
El 2 de diciembre del año 1547, fatigado de sus vanos intentos por volver a sus posesiones en la Nueva España, Hernán Cortés murió en un asilo para ancianos en Castilleja de la Cuesta, Sevilla, ahí concluyeron sus días enrarecidos por dislates seniles murmurando plegarias implorando el perdón de su dios, sus delirios lo atribulaban, las vilezas cometidas en nombre de una evangelización mercantilista le corroían en su interior, este asesino incendiario en el fondo de su ser, sabía que ambición y religión son sinónimos a pillaje y perversidad bajo el disfraz del humeante incensario.
Hernán Cortés murió con la boca seca de palabras, su salivación fue insuficiente para lubricar la indulgencia en el desierto de la conciencia humana, donde ninguna deidad responde.

Pérfido epitafio

Aún en el siglo XXI, algunos necios cronistas alucinando en lo irreal, consideran a Hernán Cortés un hombre que vivió con preocupaciones morales, a esos les respondo: La ignorancia es la partera de las aberraciones. La criminal rapiña española causó estragos a la civilización aborigen, además, a su paso por Cuauhnáhuac se topó con la resistencia de los aborígenes tlahuica, quienes bravamente repelieron de frente a los transgresores españoles con sus arcos y flechas, sin imaginar que Hernán Cortés mandaría atacarlos por la espalda, innoble acción jamás concebida por los guerreros en Mesoamérica.
Los españoles construyeron sus haciendas en Cuauhnáhuac, donde esclavizaron a los tlahuica para cultivar la caña de azúcar, a los que se rebelaban ante el inhumano trato, Hernán Cortés los mandaba colgar de los árboles en la Barranca de Amanalco, tal como los muestran los murales pintados al fresco por Diego Rivera en el Museo Regional Cuauhnáhuac.
A las incontables calamidades cometidas por los españoles en contra de los mexicanos, habría que agregar que al dirigirse los saqueadores hacia Tenochtitlan, se toparon con la gallardía de Cuauhpopoca, quien se opuso a los intrusos, y tras ser capturado, Hernán Cortés ordenó que aquel comandante mexicatl, su hijo y quince nobles, fuesen quemados vivos en una pira formada con las flechas, lanzas y pedernales de un arsenal encontrado en el palacio de este bravo tlatoani de Nautla.
La carne de los indígenas remisos al bautizo ardió en las hogueras de la Santa Inquisición, y la esencia de la sabiduría autóctona fue arrojada por los frailes católicos al fuego que consumió las crónicas, la historia y la poesía que contenían aquéllos códices que jamás pudimos atesorar.
Actualmente la mansión que ocupó Hernán Cortés en Cuernavaca se llama Museo Regional Cuauhnáhuac, pero los retrógradas se empeñan en anunciarlo como Palacio de Cortés, concluyo este texto exhortando a todos esos mexicanos extraviados que mendigan a los de Iberia, a que recobren la dignidad, y desistan de albergarse bajo una bastardía pretérita.

Bahía Chalchiuhuahuecan en el Golfo de México, donde Hernán Cortés 
barrenó sus buques para impedir que los marineros inconformes 
retornaran a Cuba. Foto de Manuel Peñafiel


Manuel Peñafiel

Fotógrafo, escritor y documentalista mexicano