lunes, 26 de enero de 2015

Tollan, reino de Quetzalcóatl

Escrito por Manuel Peñafiel

Fotografías del autor y de Irma García Xochiquetzalli

Manuel Peñafiel
 Irma García Xochiquetzalli ante los colosales Atlantes de Tula, 
en el Estado de Hidalgo, México. Fotografía de Manuel Peñafiel
“ Toltecatl quiere decir maestro, obrero hábil, artesano, así se autodefinía este pueblo de hábitos pacíficos y gustos refinados, entregado principalmente a la agricultura y a las artes, de ahí que su nombre haya quedado como sinónimo de artista. Su primer monarca se llamó Chalchiuhtlanetzin. Alrededor del año 667 se inicia la época estable de los Tolteca; y con ellos da comienzo la historia escrita en el valle central de lo que ahora es México. Más tarde, durante la primera mitad del siglo XI surge el rey Topiltzin Ce Ácatl también llamado Quetzalcóatl Serpiente Emplumada, ya que siendo él mismo un sacerdote al servicio del antiguo dios, tomó su nombre en señal de reverencia.

En el año 980 este mismo soberano Quetzalcóatl erige la ciudad de Tollan, cuyo significado es junto al tule, ahora conocida como Tula. De Tollan se decía que los muros estaban recubiertos de oro y plata con incrustaciones de plumas y piedras preciosas, las calles estaban bien trazadas, existía un bullicioso mercado, templos, y los ciudadanos convivían civilizadamente en pulcros barrios con casas de adobe dignamente erigidas, y arriba de una colina jardinada se encontraban los rígidos atlantes pétreos investidos de equipo bélico, estas figuras esculpidas por refinados estatuarios representaban a guerreros celestiales protegidos con corazas invencibles, estos tótems custodiaban las suntuosas riquezas de joyería y cultura que lograron acumular aquella erguida etnia autodenominada los tolteca, seres de conocimiento y visión progresista.

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel acompañado de su esposa Irma García Xochiquetzalli. Fotografía del autor
Durante su gobierno, el rey Quetzalcóatl adquirió tal prestigio que su fama transcendió fronteras y su dinámica personalidad se fundió con la del antiguo dios Quetzalcóatl, a quien se le atribuía ser el padre de la agricultura, e inventor del calendario, la astronomía, la música, la literatura y la medicina. Durante su gobierno, Topiltzin Ce Ácatl Quetzalcóatl desplazó el cruento culto sanguinario de los sacrificios humanos ofrecidos al dios Tezcatlipoca, por la devoción meditativa hacia el dios Quetzalcóatl, pero los antiguos adoradores de Tezcatlipoca nunca estuvieron de acuerdo con los pacíficos rituales organizados por el meditativo gobernante, las intrigas y rivalidades palaciegas le costaron perder influencia sobre su pueblo, y su injerencia en la política también se debilitó; y fue en el año 999 cuando finalmente sus oponentes adquirieron la fuerza suficiente para derrocar a Topiltzin Ce Ácatl Quetzalcóatl, quien abdicó voluntariamente para evitar el derramamiento de sangre en inminente guerra civil entre facciones contrarias.

Manuel Peñafiel
Manuel Peñafiel y su esposa Irma García Xochiquetzalli en la zona arqueológica de Tula en el Valle Central de México.
Fotografía de Manuel Peñafiel
Yo, Manuel Peñafiel al redactar estas líneas, puedo imaginar la desolación causada en Tollan por la forzada renuncia del rey Quetzlacóatl, quien al abandonar la esplendorosa Tula, se llevó consigo la luminosidad de un monarca progresista; cuando este generoso soberano abandonó su cetro, las desconsoladas mariposas se derribaron voluntariamente de su etéreo vuelo, viendo partir a tan noble personaje, las flores se desvanecieron en amnésico color, desde entonces, el maíz nuestro venerado sustento quedó vulnerable a la advenediza genética extranjera lucrativa. El monarca Quetzalcóatl peregrinó en tortuosa soledad, llegando hasta la lejana península maya, donde su transcendente paso dejó su efigie llamada Kukulkán. 

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Manuel Peñafiel, escritor, fotógrafo y documentalista mexicano,
fotografiado por Irma García Xochiquetzalli en el centro ceremonial toltécatl. 
Fueron las rugientes aguas del Golfo de México las que detuvieron el legendario itinerario de Quetzalcóatl, en aquellas playas se embarcó en una balsa tejida por él mismo con ávidas serpientes aliadas, y navegó voluntarioso hacia el Oriente para renovarse con cada amanecer, su áurea fue tan poderosa que aquella luz se incrustó en la estrella del alba. Y esto que escribo se deriva de mi visita a Tollan, la antigua residencia de Quetzalcóatl, donde sin duda puedo asegurar que escuché a una robusta parvada de golondrinas pregonando la promesa de aquel soberano, de que algún día retornaría para recuperar su mando arrebatado, y en la actualidad al yo sufrir por la enlodada, sanguinaria y corrupta ingobernabilidad que sufre mi desollada Patria, desearía yo que retornara Quetzalcóatl para restaurar la dignidad.


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