lunes, 2 de febrero de 2015

Leyenda japonesa


Texto y Fotografías de © Manuel Peñafiel

La mujer agonizaba en solitario parto, su rostro dolorosamente contraído semejaba amarga escena del teatro Kabuki, pero aquello lejos estaba de ser una representación, tratábase de la interminable tragedia humana, real, sin maquillaje, ni azucarado epílogo.
El agudo llanto del nuevo ser, le anunció a la madre que el sufrimiento concluido estaba, había dado a luz a frágil niña de futuro incierto, sin embargo las contracciones perduraron, y sorprendida se dio cuenta de que otra bebé emergía de sus entrañas.

Manuel Peñafiel
Arco Torii Capilla Yasukuni Tokio, Japón. © Fotografía de Manuel Peñafiel 
Afuera de la humilde choza la escarcha descendía pronosticando lágrimas, era el crudo invierno nipón cortando a las montañas con navajas níveas cegadoramente blancas. Aquella mujer vivía sola en escarpada ladera, era viuda, su esposo perecido había entre las rivalidades de los amos feudales Shogun, el bravo Samurai partió al campo de batalla ignorando su duplicada paternidad, sin embargo, presintiendo su deceso legó a su esposa un antiguo libro de sortilegios hallado décadas atrás en misteriosa gruta incrustada en gélida cordillera.
Los días transcurrieron inquietantemente monótonos, las espesas nevadas impedían que los caminantes transitaran por aquellos boscosos senderos, no había posibilidad de pedir ayuda, la famélica mujer amamantaba a sus crías, pero imposibilitada estaba de nutrirse a sí misma, su raquítica alacena no albergaba más que húmedo arroz, residuos de té verde ryokucha, y ratones que hurtaban la escasa provisión, la existencia se le escapaba paulatinamente, a pesar del delirio su preocupación por las bebés era más punzante que el hambre mordiendo sus intestinos, angustiábale fallecer dejando en la orfandad a las indefensas criaturas.

La diosa japonesa Amateratsu vivía en su caverna © Fotografía de Manuel Peñafiel 
Cierta noche en que el viento arañaba las paredes de su casa, decidió hojear aquel arcaico volumen de Kojiki con el registro de remotos sucesos que su difunto esposo había dejado como única y singular herencia, la debilitada mujer hizo acopio de su escasa  fuerza para incorporarse del tatami de paja entretejida sobre el cual se hallaba recostada, necesitaba ocupar su mente en la lectura. El aceite de ballena para sus lámparas agotado estaba hacía ya, aprovechando el resplandor lunar filtrado al través de la ventana, trató de descifrar aquellos ideogramas pincelados por un artista de la caligrafía tradicional. Los intrincados caracteres narraban que en un principio las tinieblas ahogaban todo intento luminoso en el planeta Tierra, Amateratsu, la gloriosa diosa que brilla en el cielo, aún no instalaba su trono en las alturas siderales, ella pernoctaba en una caverna, el Mundo era frío, inhóspito, repelente al júbilo.
Aquella deidad quiso ocupar su ocio en algo útil, así que con la madera ligera y suave del árbol kiri, decidió confeccionar una caja de resonancia rectangular con dos aberturas en la parte posterior, ensamblándola de tal manera que recordáse el cuerpo de un dragón ryu, nombrando sus partes, la cabeza, el cuerno, las patas y las alas de la invencible bestia legendaria. Amateratsu, deshilando una manga de su finísimo kimono empleó la seda para engarzar las cuerdas, contándolas de esta manera: Ichi, ni, san, shi, go, roku, shichi, hachi, kyu, jyu, jyu ichi, jyu ni, jyu san, y cuando hubo llegado al número trece, intuyó que su creación tendría las cuerdas suficientes para  recrear con precisa resonancia y disonancia los sonidos de la Naturaleza. La diva satisfecha con su trabajo decidió llamar Koto a su instrumento musical, pero algo le hacía falta, mirando a su alrededor vislumbró a un hada Yousei a la que  pidió le ayudase a finalizar la tarea emprendida.

¿ Cómo te llamas ?, preguntóle Amateratsu.
Yo me llamo Cori Ki.©Fotografía Manuel Peñafiel 
¿ Cómo te llamas ?, preguntóle Amateratsu.
Yo me llamo Cori Ki.
¿ Y cual es la esencia que lo conforma ?, quiso averiguar la diosa.
Mi nombre significa Discreto Tesoro, repuso tímidamente aquella talentosa criatura.
No hay duda de eso, sentenció la divinidad, basta mirarte para asegurar que tu personalidad es y será cúmulo de cualidades que pulirás cual gemas durante el transcurso de tu vida.
Después de escuchar su vaticinado destino, bastó una sonrisa de la encantadora Cori Ki  para que las cuerdas de la sutil arpa oriental creada por Amateratsu, finalmente quedaran afinadas.
Antes de despedirse, la deidad agradeció a Cori Ki su valiosa aportación, ofreciéndole que si alguna vez necesitaba ayuda, no dudara en pedírsela. Enseguida, Amateratsu templó su Koto improvisando piezas instrumentales a las que llamó Danmono, otras veces entonaba cánticos Kumiuta, recitando armónicamente poemas japoneses, aquellas hermosas composiciones viajaron transportadas sobre los dragones del viento sagrado Kamikaze hasta los oídos de la diosa de la felicidad y la danza, llamada Ame – no - Uzume, quien entusiasmada con los rítmicos acordes desplegó su abanico y comenzó a bailar, emergiendo de su garganta espontáneas arias. Amateratsu decidió abandonar su secreto albergue pétreo para así mejor escucharlas, y en ése mismo instante en que la diosa asomó su rostro al exterior de la cueva, el fulgor regocijó al mundo, el sol apareció en el firmamento calentando la fértil tierra de donde emergió la vegetación florida, y los árboles crecieron robustos de troncos dando albergue a los nidos de las aves, el mar se tornó inquieto enriqueciéndose de peces, los rugidos de los animales hicieron preámbulo a la aparición de los seres humanos, quienes siendo capaces ya de mirar por donde caminaban, poblaron las Islas del Sol Naciente.

La diosa japonesa Ame - no - Uzume desplega su abanico para bailar.
© Fotografía de Manuel Peñafiel 
Al terminar de leer esta lejana memoria manifestando que la música también es luz, la debilidad forzó a la desvalida viuda a cerrar sus ojos, certera estaba de que su existencia se agotaría en cualquier momento, aún así reunió el suficiente vigor para rogar con viva voz a las deidades Kami que se hicieran cargo de sus diminutas hijas, apenas le alcanzó su escasa vida para completar dicho conjuro, luego su fatigado corazón se negó a palpitar, su cuerpo mudo yació silencioso. Las recién nacidas lloraron inútilmente implorando los senos maternales con que mitigar su apetito, pero su vacía madre ya no fue capaz de alimentarlas, las horas transcurrieron, sus secas gargantitas cesaron de gemir, las pequeñas desfallecían por la inanición, sin embargo cuando los Shinigami de la Muerte estaban a punto de raptar aquellas niñas, quiso la buena Fortuna que Cori Ki pasáse por ahí, tras escuchar los débiles lamentos, la bondadosa hada entró a la morada donde las niñitas aún sufrían, compadecida por su obscuro porvenir, Cori Ki valientemente decidió protegerlas desafiando a los Shinigami Guardianes del Portal del Inframundo, los enardecidos seres intentaron desgarrarla con sus afiladas uñas, uno de ellos intentó mutilar su espontaneidad, otro lanzó un puñal de dudas dirigido a su mente, el más perverso intentó estrangular su dicha, pero Cori Kii no se doblegó ahuyentando a los asaltantes de su Paz Interna con la Fuerza de su Voluntad, y al ver a las bebés en peligro de morir ante la fría amenaza de la profundidad mortuoria, inmediatamente las arropó entre los pliegues de su kimono, y protegidas ya en su regazo, emprendió apresurado vuelo hasta atravesar El Torii Gran Arco de la Purificación para entrevistarse con Amateratsu en su templo, donde la diosa atendió su petición de permitir que las niñas continuaran viviendo nutridas por la música, y que los acordes fuesen las vitales proteínas que fortaleciesen las partituras de su pentagrama existencial.
Capilla Toshogun en Nikko, Japón. © Fotografía de Manuel Peñafiel
Las infantas crecieron, y cuando alcanzaron la edad adulta, suplicaron a la diosa Amateratsu, les permitiese descender a La Tierra para enseñar a sus semejantes lo aprendido, ya que compartir conocimiento es obsequiar alimento para fortificar la personalidad de otros. La deidad al principio se comportó renuente, pero la generosa Cori Ki la convenció de otorgarles dones a sus discípulas, además de su independencia.
Sin embargo antes de partir, las protegidas de Cori Ki le hicieron notar a su benefactora que para vivir en el Mundo necesitarían llamarse de alguna manera, así que a una de ellas, la refulgente hada púsole por nombre Yóshiko, que significa Niña Bonita, y a la otra decidió llamarla Keiko, Bendecida Niña Felíz.


Al confrontar la despedida, la tristeza inundó el momento, pero rápidamente Cori Ki remedió la situación obsequiándoles a las viajeras un valioso bagaje de instrumentos musicales, compuesto por un Wagon pequeño Koto de seis cuerdas, un Shamisen de cuatro, además de un laúd Biwa hecho con el caparazón de una tortuga.

Ame - no - Uzume es el nombre de la diosa japonesa de la felicidad y la danza.
© Fotografía de Manuel Peñafiel
 
De esta manera Yóshiko san y Keiko san se convirtieron en maestras Sensei sembradoras de melodías. Gracias a su incansable empeño, sus discípulos fueron capaces de producir el sonido más hermoso que existe llamado música…..por supuesto jamás superado por la risa de la dulce Cori Ki, cuya tesitura hace repicar los cristales del rocío cada mañana.
Derechos Reservados © Manuel Peñafiel
Fotógrafo, escritor y documentalista.
Galardonado internacionalmente por el contenido histórico y social de su obra.
Su biografía se encuentra en la Enciclopedia de México Tomo XI.

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